lunes, 17 de julio de 2017

¿Cómo era el barrio Guamachal de antaño? Recuerdos de un habitante

¿Cómo era el barrio Guamachal de antaño?


Recuerdos de un habitante


En memoria de doña María y don Simón


Por Eduardo Correa

Prefacio


Esta no es una historia del barrio Guamachal de antaño. Tampoco es una crónica propiamente dicha, aunque tenga ciertos elementos de la misma, y no hay fechas ni sistematicidad en este escrito y en sus citas, tampoco una fuente rigurosa que haya vertido la totalidad de los eventos y sucesos de este importante sector vallepascuense que nació, como suele decirse en casos análogos, de la nada, aunque también es válido admitir que empezó a cobrar vida producto de la actividad espontánea y del trabajo arduo y febril de quienes la iniciaron. No sería posible recoger aquí a un “Guamachal de antaño” con tantos y dispersos detalles. El barrio surgió de un bosque, de unos matorrales, del suelo agreste y montañoso. De cujíes. De las quebradas y lagunas. Del suelo reseco y árido. De los árboles, muchos de los cuales cayeron para darle camino a lo que hoy es el barrio de los guamachos y que ya sucumbieron también al tiempo y al afán de la mano implacable del hombre.

Solo queda el apelativo de aquella histórica planta cuyo fruto dulce yace perdido en las lejanas distancias y en el sabor amargo de los problemas vividos que fueron muchos. Esta es una narración incompleta e incluso, si se quiere, sucinta, de unos ojos que la vieron surgir. Unos ojos de niño, primero, luego de un adolescente y después de un joven que se marchó y llevó sus recuerdos por muchas partes del país e incluso fuera de él, y que ahora plasma a su modo y manera lo que vio y vivió. Lo que apenas recuerda. Todo lo narrado es cierto. Y él lo cuenta con un sentido básico y general sin desdeñar ciertas especificidades. Muchas cosas no están, como dice, porque las olvidó o no las vivió. Esta es su historia.



Yo no me rindo


No me rindo sin pelear
y combato cuerpo a cuerpo
y disparo mi pertrecho
luchando hasta el final,
soy hijo de un ideal
que me dio la libertad
Simón Bolívar, Genial
y Sucre, El Mariscal.

Defiendo la libertad
la justicia y el honor
y doy todo lo que soy
por ser un hombre leal,
no me rindo sin pelear
y lucho hasta la victoria
no veo tiempo ni hora
para el combate final.

Yo vengo del mastrantal
y la llanura infinita
donde la canta relincha
con cuatro y arpa tramá,
las maracas del chic chac
con melodía sonora
donde cantaba Loyola
un guariqueño sin par.

Recuerdos del General
que luchaba con empeño
Emilio Arévalo Cedeño
hombre de armas tomar,
Guárico de mi cantar
con su lugar en la historia
Leonardo Infante te honra
con su fusil inmortal,




Por Eduardo Correa
  




Contenido




-Los difíciles comienzos
-Siguen las adversidades y aparecen las bodegas
-Había una población y llegó otra, un guitarrista y un cantor de la llanura
-Las guitarras de Tomas Blanca y Ramón Matos siguen sonando por la carretera y algunos las escuchan todavía
-Las mejores alpargatas y un huracán que arrasó todo
-Un boxeador de Guamachal para el mundo
-Aparece el bodeguero mayor
-El amigo que murió quemado,
-las vacas lecheras, una construcción moderna y el ataúd que metía miedo
-La bondad de una mujer ejemplar
-La increíble fuga del negro Antonio
-El romance de un vendedor de tortas
-El impacto del ahorcado
-La apuesta con Renato Gota y el día que asesinaron al presidente de EEUU
-El atleta descollante que enseñaba en Guamachal
-Algunos nombres y familias de Guamachal
-Un agricultor y una ama de casa legendarios que  siempre vivirán conmigo
-Una niñez compartida con la naturaleza
-“Todos para uno y uno para todos”





Capitulo primero
Los difíciles comienzos



Mi padre don Simón Correa, mi madre doña María Josefa Rodríguez, y un cuadro de muchachos que éramos sus hijos, nos establecimos en el barrio Guamachal, en Valle de la Pascua, estado Guárico, algún tiempo después de haber llegado las primeras y pocas familias, de allí que existieran casas formadas ya en las primeras de cambio y llegamos con la ilusión de tener un hogar propio, criar y desarrollar una familia. Eso dijo mi papá. Veníamos de otro lugar cercano a lo que hoy es la calle Atarraya que por aquel tiempo no había definido su construcción total y era más bien una especie de camino real con partes de viejo asfalto derruido, de granzón y de tierra. Con los años se establecería por allí cerca el restorán de Pedro José Herrera, llamado “Primero de mayo” y que algunos dieron en llamar también “El rey del colesterol” porque vendía chicharrones, chinchurrias, hígado encebollado, tripitas fritas y todas las partes del marrano fritas, y una muy especial en bolsitas de papel que se llamaba “Teretere”, formada por las vísceras del cerdo y que era otra sabrosura, ciertamente. Y este restaurante, distante en el tiempo por venir, tendría la visita de un personaje político que era presidente de la república en ese entonces y no era otro que Luis Herrera Campins, que tenía fama de su gusto por la gastronomía venezolana y en especial por los platos típicos llaneros, también decían que le encantaba “El Toronto”, que era un caramelo exquisito de puro chocolate. También fundarían, viajando en el futuro, una ferretería que sería muy famosa en los años venideros denominada “El Trueque”, muy cerca de la zona referida. Asimismo, muy cerca del rancho donde vivíamos cerca de La atarraya, instalarían una bomba de gasolina, cerca de un viejísimo y pequeño puente, peatonal primero y luego vehicular. Pero todo eso sería muchos años después, valga la reiteración. Y volviendo a la humilde mudanza que iniciáramos nosotros, debo decir que tendríamos que afrontar muchos imponderables, claro está.

Y ejemplos sobran. Aquello, la zona de Guamachal, bien podía describirse con la muy conocida expresión popular de que “todo era bosque, chaparros y cuijes. Como quien dice: “Monte y culebras, pues”. Las casitas, unas muy distantes de otras, se comunicaban por unos caminitos de tierra rodeados de plantas silvestres pequeñas, medianas o grandes que también había, y abundaba las matas de brusca o escobilla, que eran pequeñas y muy resistentes, tipo chaparros y los muchachos las amarraban de lado y lado del caminito para que se enredaran y se cayeran quienes caminaran por ahí o se “rasparan las canillas”. Esas plantas de brusca servían para “fabricar” escobas y mi madre las usaba mucho para barrer y aquellos patios de tierra y el rancho mismo quedaban “limpiecitos”. Este mismo caminito sería, muchos años después, lo que conocemos hoy como la calle Los Tulipanes, cuyo nombre se lo puso mi padre don Simón y al rancho el número 99. Y en aquellos tiempos las lluvias eran copiosas y los tremendos aguaceros cuando caían casi tumbaban las casitas con techo de zinc y paredes de barro que eran la mayoría. Era cotidiano escuchar después de las fuertes precipitaciones pluviométricas: “Caramba, por poco el “palo de agua” no me tumba el ranchito”. Y no se podía ni pensar en servicios públicos como se les conoce ahora. Y es que el “servicio” de agua era surtido, en el principio, por unas lagunas naturales y caños que se hacían en la sabana donde cada quien iba y llenaba sus toscos envases. Y para alumbrarse se compraban velas, aunque había familias que podían tener lámparas de gasoil, pero eran los menos y algunas viviendas se alumbraban con monte seco y residuos de cartón que eran quemados en los rústicos e improvisados patios. Los alimentos, en buena medida, eran provistos por el tradicional conuco y nosotros los Correa, por ejemplo, éramos buenos conuqueros.

Mi papá era especialista usando el machete, el garabato y ni hablar cuando se trataba del hacha o la chícura o la escardilla. Y ya puede suponerse que los alimentos se cocían a fuerza de leña en un fogón de tierra con ollas de barro o peltre y algunas veces esas ollas estuvieron sin uso alguno: “Boca abajo”, como se dice. Y en el modesto dormitorio no faltaba el chinchorro de moriche o pabilo que se cubría con mosquiteros o “pabellón” para contrarrestar las andanadas de los zancudos que eran cotidianos en las oscuras noches de Guamachal. En esos tiempos abríamos y limpiábamos peladeros para practicar béisbol con pelotas de goma o de trapo y el entretenimiento también estaba constituido por el juego de “Las cuarenta matas” o “Policías y ladrones”. En Semana Santa era costumbre jugar el trompito con caramelos, los trompos y las zarandas. Era común decirle a las muchachas: “Oiga, vecina, muy pronto voy a quebrarle la zaranda” y ellas se sonrojaban, bajaban la cabeza y seguían por el caminito rumbo a casa a llevar el recado o cualquier otro mandado de los “mayores”. Se refería al juego de zarandas que eran rotas por los trompos caseros “los días santos”.

Y también se hacían competencias de trompos y “se picaban las trollas, que era haciendo un pequeño círculo en la tierra y ahí debía caer el trompo bailando y quien cayera más lejos de la Trolla ponía su trompo y los demás “lo picaban” tirándole a reventar con el suyo. Los trompos los fabricábamos nosotros mismos y debían quedar “serenitos” para que no “taratateara”, algo así como en “La leyenda de Florentino y el Diablo”, que en uno de sus versos dice: Cógeme ese trompo en la uña a ver si taratatea” y en cuanto los  hacíamos se probaban bailándolo y tomándolo en la mano y se llevaba a la uña, si caía y se mantenía “serenito” pasaba la prueba. Igualmente fabricábamos garrufios que se hacían con una cabuya y tapas de refrescos, pero había que alisarlas muy bien e incluso se hacían competencias, “se picaban” en parejas y al picarle la cabuya salía disparada la chapa lisa y ahí era cuando decían los mayores: “¡Muchacho, cuidado con un ojo ¡”. Y en el verano proliferaban los papagayos hechos por uno mismo y se hacían exhibiciones sobre todo los domingos. En ese día “el cielo se cubría de papagayos” y era muy hermoso ver todo aquello lleno de esos artefactos voladores caseros de todos los colores moviéndose allá arriba en el espacio, sostenidos por pabilos y luchando con la brisa para sostenerse. Y volaban tan alto que a veces se perdían entre las nubes, ¿qué se me hizo? Gritaba alguien por allá. Todo aquello era muy emocionante y sano.

¿Y cómo no hablar “del juego de metras?”, “cuarta y pegue”, era una forma de jugar, lo mismo que “hoyito”, entre otros y después de un tiempo de uso esas mismas metras terminaban siendo usadas por “los muchachos más grandes” como “balas” que disparaban con “las chinas” para cazar y matar pájaros. Las “chinas” se construían con una pequeña horqueta de madera, dos tiras de gomas de bicicleta y un cordobán de suela para colocar la metra o piedra que se iba a “disparar”. Era una triste y dolorosa práctica de entonces que atentaba contra la naturaleza y las hermosas aves que adornaban las estancias y los matorrales. Recuerdo que yo dejé de hacerlo inspirado por un poema que leí en el libro “Mantilla”, de educación primaria que hablaba de ese acto cruel, precisamente, y se titulaba “El pájaro herido”, esa lectura “me curó”. Después vendría “el progreso” del barrio y serían sustituidos los caminos rústicos  o “picas” por las calles de tierra y colocaban postes de madera con un bombillito de lucecita débil y amarilla en esas vías, que eran polvorientas en el verano y se llenaban de agua después en el invierno. Eran calles distantes unas de otras. Años después se haría el trazado de lo que serían esos espacios urbanos propiamente hablando y se escuchaba comentar a algún ilusionado que señalando hacia cualquier lugar, decía: “Por aquí irá una calle que podría ser la principal, asfaltada y todo”. Y por supuesto que esa ilusión terminaba en desilusión con el tiempo porque como dice el refrán: “El que vive de ilusiones, se muere de desengaño”. Sabiduría popular.




Capitulo segundo
Siguen las adversidades y aparecen las bodegas



Pero tendrían que pasar décadas para lograr ver esa calle y alguna que otra porque era un “proceso” en el que se tardaba mucho tiempo: primero, calles de tierra llenas de huecos y había que bregar con el polvo y el agua de lluvia como apuntábamos arriba, después vendrían las aceras, el granzón y luego el asfalto, pero todo eso se tenía que medír en años Y la avenida soñada jamás se hizo en Guamachal. El servicio de agua llegaría también, pero de modo paulatino y consistía en las llamadas “plumas” o “llaves” públicas donde los humildes habitantes se servían llenando sus envases, baldes o pipotes. Algunos envases eran improvisados con recipientes de latas de manteca “los tres cochinitos” y otras marcas. Luego vinieron las populares bodegas y los quiosquitos donde expendían víveres, corotos y muchas cosas más.

Por esos tiempos existían “las graneras” en las bodegas que se las abrían a los que hacían “mandados” y el dueño le iba colocando granos en un vaso por cada compra y al final de la semana se los contaba y le retribuía dinero donde los centavos, las lochas, medios y reales eran los protagonistas y quien lograra reunir un bolívar o dos tenía como comer completo por una semana. Eran tiempos en que se almorzaba algunas veces con “una catalina o un pan de trigo y un fresco de colita o naranja o Fanta o hit”.

No puedo dejar de decir que el nombre del barrio era dado porque en la zona proliferaba el árbol de “guamacho” que era de tamaño mediano, con espinas y a veces crecía de buen porte, daba un fruto pequeño de color verde que era muy dulce, comestible y podía servir de alimento en días de escasez. Fueron muchas las ocasiones en que ese fruto natural palió mi hambre y la de muchos muchachos. Las calles de entonces que en la práctica eran caminos de tierra, como dijimos, estaban adornadas, de lado y lado, por aquellos frondosos y abundantes guamachos, sobre todo la calle de tierra principal que después se llamaría Los Tulipanes y más arriba, la que sería Los Llanos, ¡Puro guamacho! Pero a pesar de todo lo relatado la vida era vivible y si se viere positivamente todo aquello era bonito. Por ejemplo, la naturaleza viva con sus árboles vistosos, las lagunas y caños, pájaros diversos con sus cantos y trinos, los animales domésticos. Y sobre todo la tranquilidad que era reina en el lugar prevaleciendo el respeto. Nadie se metía con nadie y las personas se caracterizaban por su solidaridad y don de buena gente. Con el tiempo todo cambiaría y los muchachos, no todos, estudiarían la primaria y el bachillerato y unos partirían a otros lares en busca de ampliar sus estudios y tener una profesión. Otros se irían en busca de un empleo remunerado y un mejor “status”, como se dice. Pero todos no podían ingresar al recién construido liceo Gil Fortoul, aunque era público y gratuito. No había para comprar útiles escolares ni la ropa misma, ni zapatos.

Pero, en lo que a mí atañe, respecto de los estudios escolarizados, hube de empezar en el Grupo Escolar “Carlos J Bello”, cuya grata impresión de aquellos primeros días todavía guardo en mi memoria y no puedo dejar de recordar a una de mis maestras de segundo grado que era todo bondad y eficiencia ¡La maestra Paula! Ella pereció en una excursión en el Salto de la Llovizna, en Guayana, cuando se derrumbó el puente colgante y junto con ella perecieron otros maestros del país. Aquello fue muy triste y doloroso, y  yo por mi parte lloré mucho a mi querida maestra Paula. Ella me ayudó mucho en mi primer aprendizaje y, sobretodo, supo comprender mi naturaleza de niño pobre, campesino y quizá pudo advertir mi deseo de prevalecer. Y también recuerdo con agrado a mi maestra Mirian, que me enseñó en primer grado, como tampoco olvido al maestro Ruiz, de tercer grado.

Y fue cuando vi por primera vez a Salvador González, quien fungía de maestro en aquel recinto de enseñanza. Después Salvador González se transformaría en el gran personaje del folclor venezolano y en el cantor fino, el de la voz “magistral”, que recoge hoy la historia de los grandes intérpretes del canto nacional. En vida causó sensación por su bonita y bien timbrada voz. Aun me parece verlo y escucharlo con su infaltable cuatro en la mano amenizando los recurrentes y atractivos actos culturales de la memorable escuela, que era dirigida entonces por el también inolvidable Eustoquio Suarez. Y es imposible pasar por alto el tórrido romance que vivió Salvador con la inolvidable “maestra Elena”, con quien contraería nupcias posteriormente. Todo lo relatado sucedía en unos tiempos y costumbres muy diferentes, en todo sentido, con los de hoy. Obviamente. Porque como bien sostiene sabiamente en una de sus bonitas y aleccionadoras canciones la trovadora argentina Mercedes Sosa:


“Todo cambia”


“Cambia lo superficial
cambia también lo profundo
cambia el modo de pensar
cambia todo en este mundo,
cambia el clima con los años
cambia el pastor su rebaño
y así como todo cambia
que yo cambie no es extraño”






Capítulo tercero
Había una población y llegó otra, un guitarrista y un cantor de la llanura



Al principio, cuando acusé nota de la llegada al barrio Guamachal de antaño, me referí a mis padres, pero asimismo debo acotar sobre algunos nombres de otras familias que ya estaban allí y de otras que llegaron después. Por ejemplo, Isidro González, quien hizo casa un poco más allá de la nuestra subiendo por lo que sería años después Los Tulipanes y desarrolló un predio en otro lugar donde cultivaba maíz y, si mal no recuerdo, criaba algunos animalitos, en especial del tipo bovino y cerdos. Y más abajo ya se había establecido su señora madre doña Petra González, matrona de honradez incuestionable y de sensibilidad única que experimenté personalmente: Yo acostumbraba jugar con algunos de sus nietos, recuerdo a Eustaquio, Augusto y Alejandro, este último en el futuro se convertiría en un aventajado comerciante y montaría sus propios negocios que él mismo administraría junto a su familia- y a veces me atrapaba el tiempo en las horas de la cena y la señora Petra, llena de bondad, me servía a mí también y en medio de mi escasez aquella comida sabía a gloria, como solía decir mi madre María Josefa. Tal vez ahora mi mente no retiene su figura del todo, que recuerdo apenas sin detalles, pero su inigualable bondad y sus gestos desprendidos permanecerán en mí por siempre. Y es que doña Petra no vivía en abundancia material, aunque el alimento siempre le alcanzaba para cualquier invitado inesperado. Le sobraba caridad. Memorizo que la cena era a golpe de tres de la tarde y creo que se hacían dos comidas: la de la mañana y la de las tres. Era la costumbre.

Tenía igualmente de vecino al siempre recordado Ramón Matos, “Ramoncito”, quien hacía vida marital con Manuela Vanezca, amiga de antaño que vive hoy y “casi alcanza” el siglo de vida. Ramoncito era músico de guitarra “o guitarrón” que tocaba con destreza y ponía a bailar a todo el mundo los fines de semana. Eran bailes extremadamente agradables, sabrosos y sanos. Escuchar un joropo en las manos guitarristas de Matos era un deleite y en su casa se daban cita no pocas figuras del canto que alcanzarían fama nacional después, tal es el caso del excelente intérprete don Eneas Perdomo, que con su inigualable voz cantaba y contrapunteaba “coco a codo” con el conocido “Negro” Navas, de Valle de la Pascua. Cierta vez me comentó “Ramoncito” que “Navas era bueno cotejando versos, pero don Eneas se lo llevaba con su potente voz, lo arropaba y por eso siempre lo veían ganador”. También recuerdo a Emilio Matos, hermano de Ramón, memorable y respetado en el contrapunteo de aquellos tiempos. Ramón y Manuela me permitían la entrada siendo yo muy chico, pero coetáneo de Gladis, Manuel y Caliche, sus hijos. Cómo olvidar todo eso. Este Caliche sufrió de un problema físico en uno de sus brazos y prácticamente usaba el derecho y con esa sola mano jugaba bolas criollas y llegó a ser un rival de respeto como bochador, no solo en el barrio sino en el pueblo también. Los dueños de equipos se peleaban por él. Manuel, por su parte, fue siempre un aventajado e insistente bodeguero. 

No recuerdo bien si Ramoncito Matos se dio la mano y tocó alguna vez con otro singular músico de la guitarra que se llamaba Tomas Blanca, que era de La Mar Querida o Las Calcetas o Bandera Blanca, de por ahí era el hombre y animaba muchas veladas por esos caseríos y otros lugares aledaños donde reinaba el joropo tocado con guitarrón. Y este Tomas Blanca era un músico fenomenal que hacía “llorar” el instrumento con sus acordes geniales. Este hombre era aficionado también “a la bebida” y murió siendo víctima de ella”. Recuerdo que cuando muchacho yo lo veía llegar con su guitarra en la mano y se sentaba en la acera del restaurante El Valle, muy cerca de La Bomba de Napoleón, y ahí se quedaba pensativo y cabizbajo. En lo personal yo notaba que era un hombre muy triste y al no más verle su rostro se podía advertir y esa gran nostalgia comprendo que le acompañó eternamente y fueron parte de la musa que mostraba en las hermosas y limpias piezas que tocaba con su guitarra, que fue su eterna compañera. Este recordado y singular ejecutante de la guitarra sabanera no llegó a grabar un disco, cosa impensable para su tiempo, al igual que Ramoncito Matos, pero le alegraron la vida a muchísima gente con sus sabrosas y alegres interpretaciones. Sus bonitas, recias y sabrosas melodías están en las cabezas y en los recuerdos de quienes le conocieron y escucharon, y en todos aquellos que viven todavía. Y a propósito, una persona que yo conozco y “está vivito y coleando”, sí que se dio la mano con Tomas Blanca, me imagino que siendo muy jovencito, y ese no es otro que José Humberto Castillo, coplero y cantor de la sabana, compositor de bonitas canciones y excelente versificador al punto que lo apodaron “La computadora del verso” y le compuso unos a Tomas:


“La guitarra de Tomas Blanca roncaba como una fiera,
 y la catira Tomasa le destapaba la cartera,
 y al echarse el primer palo traspasaba las fronteras,
trasportaba el guitarrón, tocaba con cinco uñas,
el golpe que le dijeran,
y lo que hacía Tomas Blanca,
eso nadie lo supera.

Una vez lo miré yo tocando en las Primaveras,
aflojó todas las cuerdas y le dijo a Gaspar Higuera,
que todo lo que él hacía nadie le había enseñado
ni una nota siquiera

Y todo lo que tocaba
lo había aprendido en las riveras,
por los lados de La mar Querida y en las Calcetas,
¡Ay! quien lo viera
en bailes de cuatro días, lástima que se muriera
y todavía lo ven tocando en la carretera”


Y el turno ahora es para la vecina del barrio Victoria Rodríguez, “doña vítora”, quien se asentó en estos lares. Otra excelente mujer de la vecindad cuya bondad y don de buena gente es proverbial. En algunos fines de semana se hacían reuniones amistosas en su casa, a veces bailables y jamás faltó buena atención, comida y bebida para todo el que llegaba. Y su cordialidad era característica. Mi amistad con esta honrada familia fue y sigue siendo muy cercana, al igual que con su inolvidable esposo Carlos Soto, cuando vivía. Era conductor de máquinas pesadas con lo que se ganaba la vida y era igual de bondadoso. Yo me la pasaba con sus hijos, Carlos Soto Jr., Tereso, Rosa, Mirian y Oswaldo. Tengo que anotar, a propósito de doña Victoria, que cierta vez fui a saludarla, en tiempos muy cercanos, y al nomas verme me dijo con una sonrisa dibujada en su rostro respondiendo mi saludo: “¿Cómo estás, hijo? ¡Caramba, tú eres igualito a tu mamá, te pareces mucho a ella!” Y aquellas palabras sonaron muy lindas a mis oídos al recordarme y hallar el parentesco con una de las personas que más quise en este mundo. Por eso también le estaré  siempre agradecido.   

Y por el barrio existía la bodega de don Antonio Rodríguez, de apariencia física obesa y barriga voluminosa, y doña Petra, su mujer. Don Antonio, todo bondad, era aficionado a las carreras de caballos y cada semana sellaba su cuadrito de “cuatro bolívares” y yo le ayudaba en la escogencia de los equinos. Y cuando el azar no estaba con nosotros se le escucha decir: “Nos volvimos a caer”, y se ponía serio. Yo me iba calladito para la casa. Doña Lula, era vecina también, junto a su esposo Manuel Camacho, quien condujo por mucho tiempo un camión cisterna rojo donde transportaba gasolina por todo el país. Y sus hijos muy cordiales: Manuelito, Maira, Fanny, Tesalia y otro menor que no recuerdo su nombre, son de grata recordación. Y muy cerca se residenció don Félix Molina y su señora. Sus hijos Miguel, Pánfilo y Carlos, constituían una parte del grupo de amigos y vecinos muy especiales. Con Miguel corrí mucho, no de la policía, sino compitiendo. Partíamos de la bodega de don Antonio, calle abajo por Los Tulipanes, que era de tierra. El muchacho corría duro y yo también. El me ganaba y yo le vencía igual, y los dos le ganábamos a Eustacio porque tenía piernas muy cortas, pero Benjamín Gómez nos ganaba a todos. Muchos llamaban a Miguel “El mono”, pero yo lo llamaba por su nombre.



Capitulo cuarto
Las mejores alpargatas del pueblo, un huracán que arrasó todo y el día que fui a la feria



Guamachal tenía y tiene valores y en especial su gente, como era el caso de doña Pragedes, vecina ejemplar, y  su hijo Silvio fuimos amigos de siempre. En ese lugar luce erguido hoy un edificio de varios pisos, donde tiempos muy atrás estaba la vivienda humilde de esa apreciada señora, y más arriba se estableció don Ramón Vanezca, “El rey de las alpargatas”, hombre de estirpe trabajadora y cuyo trabajo artesanal alcanzó renombre más allá del barrio y en el pueblo debido a su alta calidad. Las alpargatas, en ese tiempo, eran algo así como los zapatos de marca de ahora y donde usted se paraba provisto de un par de alpargatas “vanezquera”, era una persona “bien calzada”: Sus hijos Pedro Antonio, Reyes, Cruz, Teolinda, entre otros, compartíamos en el barrio. Todos emprendedores. Y más allá vivía la familia Gómez, del otro lado de la calle Los Llanos, donde Benjamín, mi hermano de corazón y andanzas adolescentes, es imposible olvidar, al igual que su hermano José Manuel.

Cierta vez, Benjamín nos invitó a pasear en autobús al que nunca habíamos montado y  era una línea publica recién inaugurada, pero para nosotros era algo así como un imposible dado su costo. Había que pagar “medio” para ir al pueblo y ese día Benjamín cargaba dinero sencillo suficiente para pagar por todos. Y abordamos aquellos inmensos autobuses y en cada vuelta nuestro amigo se metía la mano al bolsillo y pagaba, duramos toda una tarde paseando hasta que Benjamín nos dijo: “Otro que pague porque ya yo no tengo ni medio más”, y ahí nos bajamos todos “la cuerda de limpios que éramos”. Fue mucho lo que compartimos y vivimos con este amigo de adolescencia y juventud que sigue guardado en el corazón. Ambos, Benjamín y José Manuel, fallecieron prematuramente, pero siguen vivos en mi memoria. José Manuel tenía un parecido físico con “Germain de La Fuente”, cantante estrella de Los ángeles Negros, muy famosos tiempos después. A Benjamín lo operaron de un mal que le aquejaba y le dejaron un instrumento médico dentro de su organismo y al intentar quitárselo falleció, tristemente. Esa ´perdida afectó demasiado y para siempre a José Manuel y con esa pena murió. Sus hermanas son inolvidables para mí: Alicia, Manuela, Caridad y Abisinia, que era una especie de hermanita menor mía, aunque ella era mayor que yo. Todas dignas, bondadosas y servidoras sin igual.

Mi mente sigue buscando amigos y vecinos de antaño y me trae a doña Mercedes Campos, que vivía enfrente a nuestro hogar con el “musiú” Geovanny, buen vecino y hombre de trabajo que conducía un camión volteo con el que bregó por años. Y uno de los hijos de Mercedes, Luis, es otro hermano que puso Dios en mi camino y seguimos fraternalmente unidos en una amistad “a prueba de balas”, como se dice en Guamachal. Por cierto, Luis Campos es un avezado mecánico con estudios avanzados en la teoría y en la práctica de ese popular y difícil oficio. Tiene varios hermanos que son Marcos, Amadeo, Geovanny, Merliz, entre otros. Igualmente aparece en mis recuerdos Carlos Díaz y su esposa Belén, buenas personas del barrio y con sus hijos, Carlos y Alexa, que es mi comadre de sacramento, hubo siempre empatía y amistad. Don Carlos condujo un camión de “Vengas” por años. Después llegarían Chabela y su pareja de apellido Padrón, a quien le decían “peinadito” por llevar siempre su cabello liso igual que su apodo. En frente de ellos habitaban don Pedro Ramírez y su esposa María. Su prole Maritza, Matilde, Pedro, Xiomara, entre otros, hacían vida social en el barrio.

Y en esta suma histórica del barrio Guamachal entra doña Carmen Martínez y su esposo Moya, quienes se incorporaron venidos de otro vecindario con una historia muy especial e impactante. Y es que donde habitaban, antes de llegar a Guamachal, un día cualquiera aquel lugar fue azotado por vientos fuertes y huracanados, tan fuertes fueron que deslizaron los cimientos de la casa de habitación, las paredes cayeron, el techo voló por los aires y el resto de los enseres fueron arrastrados por el torbellino, incluyendo a doña Carmen, quien sufrió daños considerables, pero afortunadamente pudo reponerse, levantarse y sobrevivir al terrible episodio. Desde entonces se fue a vivir al barrio nuestro y compartió una vida tranquila, amistosa y servicial en el nuevo lar. Y es de acotar que Moya era un hombre muy buen conversador y nos electrizaba a algunos de los muchachos contando sucesos vividos cuando la Seguridad Nacional, que era una especie de policía política del régimen en épocas del dictador Marcos Pérez Jiménez y relataba como esa fuerza policial arremetía contra los jóvenes de entonces, incluyendo al propio Moya y este los enfrentaba a puños saliendo siempre vencedor en esos “combates”. Solía decir Moya en sus cuentos: “Esos tipos de La Seguridad Nacional no tenían vida conmigo, ahí mismo yo les daba una serenata de puñetazos y ya, luego se levantaban, recogían sus rolos y se marchaban. Nunca pudieron detenerme”. Moya era de barriga grande, pero advertía que era muy rápido de pies y manos, por eso no podían con él. Y por esa misma calle de Las Delicias vivían las familias Blanco, los Guerra, Los Clavo y la señora Minerva que trabajó mucho tiempo en el restorán El Valle atendiendo la clientela. Cuando salía del trabajo pasaba por enfrente de mi rancho con una bolsa en la mano. También vivía por esa calle Rafucho “El chicharronero”. Llegaba en una bicicleta de reparto, se paraba enfrente de la casa y me preguntaba: “Pelón, ¿no vas a comprar chicharrón?”

Y a mí, un día cualquiera, “me dio un ventarrón”, como se decía antes para indicar que partías de prisa y sin decir nada, y me fui solo para la feria desafiando la autoridad paterna dada mi corta edad y lo lejos del sitio, me  acuerdo que fue una de las primeras ferias que se celebraban aunque no lo retengo muy bien. Pero mi mente conserva que fue inolvidable e impactante. Yo tenía como doce años que fue cuando vi por primera vez al gran Alfredo Sadel, llamado después “El tenor favorito de Venezuela”,  y ese festejo ferial había despertado las simpatías de todos sus habitantes que esperaban expectantes el desarrollo de los acontecimientos. Y es que en lo que tuvo que ver con la parte musical los organizadores del histórico evento no escatimaron esfuerzos en la invitación que se  hizo a los artistas de mayor renombre con que contaba el país en esos momentos. De ahí que la noche pautada para la estelarísima presentación desfilaron por el escenario llanero una constelación que era encabezada por la primerísima figura de Alfredo Sánchez Luna, nombre propio del cantante.

Yo me ubiqué muy cerca de la tarima y allí estaba el excelente intérprete con su imponente y alegre presencia y que el público abarrotado en el lugar no quitaba sus ojos de admiración del tenor y de los colegas que lo acompañaban donde destacaban también Mario Suarez, Mayra Martí, Trino Mora, Enrique Lazo, entre otros estelarísimos venidos de fuera. Y del patio, según se acostumbraba, estaba quien sería llamado tiempos después “El magistral” Salvador González, quien por cierto interpretó canciones que estaban “pegadas” en la radio en la voz del célebre don Mario Suarez, y ahí mismo Salvador hizo una demostración que fue coronada con muchísimos aplausos por la agradable y grata sorpresa que dio el nativo de Guárico. Y es imposible olvidar cuando Sadel tomó la palabra y por poco se cae la tarima ante el alborozo, la alegría y el entusiasmo de cientos de parroquianos atestados en el lugar y después del saludo hizo una cordial invitación a los que colmaban el sitio e instó a cualquiera que tuviera condiciones para el canto a que subiera al escenario para darle la oportunidad. Fue entonces cuando mi ímpetu de muchacho campesino y algo travieso, me movió a levantar la mano y mirándome, me preguntó: “¿Tú quieres venir? Ven, sube”. Eso me estremeció y me  puso tan nervioso que no me quedó más remedio que confundirme y perderme en la multitud y del tiro pude haber abandonado el sitio al sentirme apenado por la osadía, pero lo vi mejor y me quedé para no perderme aquel maravilloso y sin igual acto que era de antología como bien han podido notar.


Capitulo quinto
Un boxeador de Guamachal para el mundo



Son, asimismo, de grata recordación Mercedes Rengifo y sus hijas Yolanda, Adaxi y Aura, que constituían una familia humilde, como casi todas, pero amable y honrada, Ana Mercedes Álvarez, eterna Guamachalera y mujer trabajadora y servicial. Y el eterno y primer mecánico del barrio de apellido Monasterios, que era bueno lidiando con cuanto cacharro llegaba a su taller y aquello tal vez podía parecer una especie de “cementerio de vehículos”, pero no, Monasterios los “arreglaba”, casi todos Tiempos después llegaría la familia compuesta por los Higuera: Ramón, Henry, Pedro y Lisandro, apodados “Los come dulce”, y a quienes nadie les ganaba “echando palas” y llenando de “granzón” cuantos camiones les ponían por delante en el antiguo río de Morichito, un tanto cercano al barrio. Buenas personas estos “paleros”. Mi memoria registra también al negro Quiterio Ortega con su don de buena gente y a su hijo Luis, el policía, que era tan buena persona que nunca llevó a nadie preso y optaba, más bien, por convencerlos de que dejaran “las impertinencias”. Debe haber sido el único gendarme que siempre andaba con una sonrisa a flor de labios. Fuimos y somos buenos amigos. De igual modo es Inolvidable la estampa bonachona de don Bartolo García a quien recuerdo con aprecio singular y a su hijo Bartolo, quien cultivaba amistades en el barrio. Algunos viajes hizo este hombre junto a mi padre a pescar en el río Morichito e incluso en la “Quebrada de La Pascua” y de vez en cuando traían pescado y “ñemas” de iguana. La sonrisa de don Bartolo era asidua y su carta de presentación. Una vez se animaron y fueron a la lejana Parmana a pescar al mismísimo río Orinoco y a este par de hombres de edad avanzada no les cabía la alegría al revivir todo aquello cuando eran unos muchachos o mucho más jóvenes.  

Un poco más bajo de la vivienda de don Vanezca, “El rey de las alpargatas”, ya mencionado, vivían los Rengifo, cuyos muchachos eran del grupo con que solíamos interactuar. Recuerdo que dos de ellos, siendo muy jóvenes, se marcharon a Maracay en busca de oportunidades. José Ignacio y Hugo Rengifo partieron un día y en esa ciudad aragüeña, Hugo, el menor, se dedicó al deporte del boxeo, se hizo profesional y debutó con mucho brillo en “El deporte de las narices chatas”, al punto de ganar sus primeros combates por la vía del nocaut. Rápidamente llamó la atención de los entendidos y empezó a forjarse un nombre “a punta de trompadas”. Yo mismo presencié uno de sus combates en una cartelera importante en Maracay donde boxeó también el gran “Kid Pambelé”, Antonio Cervantes. En esa inolvidable noche ganaron los dos ¡Y por nocaut! Y digo yo: Menos mal que Hugo se marchó temprano sin darle tiempo a que ningún camorrero del barrio le buscara pleito porque si no se las hubiesen visto muy feas con ese muchacho, ¿cierto?

No olvido que después de la pelea nos reunimos y recordamos momentos de la niñez y adolescencia. La estrella de Hugo brillaba e incluso fue a pelear a EEUU, en la ciudad de New York, nada más y nada menos, dirían en nuestra natal Guamachal, y llevaron a Hugo a enfrentar a una especie de “León afeitado” con miras a que este –el león- aumentara su record a expensas de un novel muchacho que iniciaba su carrera venido de Venezuela. No recuerdo si ese combate se realizó en el majestuoso e histórico Madison Square Garden, lo que recuerdo de modo nítido fue la golpiza que le dio Hugo a su oponente para escándalo del mundo del boxeo. Su carrera dio un salto cualitativo y su fama se regó. Pero Hugo Rengifo descuidó las exigencias de ese deporte y comenzó a decaer y a perder sus combates. En el Perú “le robaron” una pelea por el título Latinoamericano y eso lo desalentó mucho. Y para colmo .nunca pudo ganarle a “don licor”. Sin embargo llegó lejos en su carrera. Fue campeón del boxeo limpio, de estilo impecable, vistoso y ganó medalla de bronce en México en unos juegos Panamericanos. Ganó 32 peleas profesionales, 24 de ellas por nocaut en el primer raund. ¡Asombroso! Esa pegada era como dicen en el mismo barrio de Guamachal: “Una patada de mula”, para explicar la especie de anestesia del puñetazo. O sea, a quien patee una mula queda en el sitio. Igual pasaba con quien tocaba con el puño en el ring este insigne guamachalero.




Capitulo sexto
Aparece el bodeguero mayor




Y por allí cerca vivía la familia Adames, quienes con el tiempo partirían a otros lares. Por ahí portaba un personaje popular que se llama “Galifa”, José Fernández, amigo de la “botella” y bromista, al igual que otro joven de entonces a quien apodaban: “Jacho” (Roberto Pérez), experto con una “china” para cazar aves y un gurrufío y un trompo que no les faltaban hechos también por él. No perdían tiempo, Galifa y a Jacho, para armar sus camorras, eran muchachos peleones, aunque tolerables por lo menudo. También memorizo a “Miguelito” Seijas y a su hermana Rita y las hijas de esta: Vilma, Liliana y Katy. Miguel, contertulio, bromista y bailador de joropo en broma, quien visitaba mucho la casa de al lado nuestro cuya propietaria era la señora Camacho, quien no duró mucho en el lugar. Allí habitaban unas muchachas consanguíneas de ella, y Miguel y yo frecuentábamos la casa en una suerte de “enamorados solos” y en una ocasión sonaron por Radio Rumbos un éxito musical de entonces que se llamaba “Porque eres así” interpretado por Los Indios Tabayaras del Brasil, y Miguelito cargaba un radio y se lo acercaba a las chicas para que escucharan la canción en una especie de dedicatoria. Era un bonito y romántico tema, cuya primera estrofa decía: “Porque suspiras, que piensas de mí, cuando te miro yo, porque tus labios me dicen que sí, sí sé muy bien que nooo“. Las muchachas solo se reían y bajaban la cabeza. Hoy están sus herederos de donde destaca el hijo de Nilda Camacho, Juan Castillo, quien hoy por hoy se desempeña como trovador y gestor de programas radiales y conduce uno propio donde resalta el folclor y su música con sintonía respetable. Juan Castillo es un joven comunicador de palabra fácil. Antes vivió allí la familia Velásquez con sus hijos Mireya, José y Jaime, amigos de siempre. José se marchó muy temprano en un viaje sublime y eterno.  

Años después se incorporarían al barrio otro grupo de familias que aumentarían las expectativas y la población, claro está. Llegaría la familia Paraco Suarez, de reconocida honradez. Rafael Paraco, trabajador incansable y su esposa Migdalia, y vale destacar que a esta señora le adornaba un “aura” que le daba un toque de bondad y señorío. “Aura” en sicología es “polo de atracción”. Mi madre hizo amistad con ella y se reunían a menudo (las casas estaban enfrente y solo había que cruzar la calle) su sonrisa invitaba a la amistad y en poco tiempo eran amigos de todo el barrio. Sus hijos Renny o el negro, Silvio Salomón, Dulce, Beatriz y Mirian caridad, eran de trato amable, social y servicial. Rafael Paraco, el don, fundaría luego unos predios agrícolas y ganaderos muy cerca de Las Mercedes del Llano llamados “Chaparralito”, y otro “La Orchila”, que ahora pasaron a manos de los hijos, el primero lo atiende Silvio Salomón, y el otro Renny, donde crían ganado vacuno y siembran de vez en cuando, según sea el invierno. Casi todos se fueron a vivir a Las Mercedes del Llano, por aquello de que “El ojo del dueño es el que engorda al ganado”. Les va bien, a Dios gracias, si es que queremos “redondear” su labor. El Negro tuvo un tiempo como afición “los toros coleados” con un caballo que no era bonito, pero si efectivo para “las tumbadas” llamado “Exterminio” que era famoso en las mangas de Venezuela, pero Renny nunca coleó y suele decir que a él le gustan mucho los toros, aunque “en el plato”, o sea, a manera de bistec. Del zopenco Exterminio quedaran sus hazañas y las hermosas fotos que se tomaron Reynimar Carolina, y Cristina, su hermana, montadas en sus lomos. Salomón, en cambio, es amante del buen chinchorro como buen llanero que es. Y recuerdo un refrán que decía mi padre: “Hijo, quien no tenga quien lo mesa, saca la pata y se mece”, pero ese no es el caso de Silvio porque él si tiene quien lo mesa. Las muchachas, Dulce, Coro y Mirian, “son muy amigas de las compras”. La esposa del negro, Carmen Aracelis, es empresaria en el ramo comercial, o sea bodeguera de amplio rango. Ella es muy buena porque en un “tris” saca una cuenta y le queda vuelto.

 Al continuar, acuso la llegada también de María Bermúdez, quien de una vez montó un negocio o bodega y por cierto que en ese lugar conocí al trovador del llano Armando González, “El criollito”, hoy reconocido en toda la llanura y en Venezuela, recuerdo que me lo presentó Eduardo, hijo de María. Igualmente arribaría Luis Villanueva con otra bodega y creo que fue quien inició “las graneras” de las que hablamos al comienzo. Tiempo después se dedicaría a reparar bicicletas. Todo esto era algo así como “el progreso” del barrio viéndolo desde un punto de vista comercial. Pero vendría a instalarse otra bodega, casi abasto, con el comerciante “Guacharaco”, donde vendía de todo. El surtido de este negocio atrajo una clientela regular y numerosa. Don Francisco González era su propietario, aunque todo el mundo le decía el apodo que dije más arriba, hombre trabajador, emprendedor, bonachón y “gastador de bromas”, pero sanamente. Rápidamente se ganó la confianza del barrio por ser servicial, trabajador y honesto. Después montó una quesera al por mayor e hizo un edificio enorme con muchas habitaciones familiares cuya arquitectura está a años luz de los ranchos y viviendas iniciales del Guamachal de antaño. Un día pregunté por el número de habitaciones que tenía el edificio, que me parecían muchas y me dijeron: “Creo, según cuentan, que la idea es que cada familia tenga la suya propia y vivan allí todos. Algunas viven fuera de la ciudad y siempre vienen a La Pascua. En los Días Santos, por ejemplo”. Los bromistas del barrio cuando se quedan mirando aquel gran edificio, lo enorme que es y sus muchas habitaciones, solo atinaban a preguntarse asomando una suave sonrisa, “¿Cuántos quesos habrá tenido que vender Guacharaco para hacer ese caserón tan grande?” Con pleonasmo y todo. Y la respuesta venía bien pronto: “No solo el queso, cámara, las vacas también, y cuidado si la finca”

Capitulo séptimo
Un amigo murió quemado, las vacas lecheras, una construcción moderna y el ataúd que metía miedo




Y si hablamos de progreso no podemos dejar de nombrar “La Bomba de Napoleón”, ubicada en la parte de arriba del barrio, a orillas de la carretera nacional. Era una estación de servicio de gasolina donde se servían buses y camiones que viajaban a Guayana regularmente, además de servirle a los carros del pueblo. Allí cerca se ubicaba el restaurante El Valle, igualmente muy concurrido por su servicio y su sabrosa comida y en donde se incluían los viajeros que venían del centro del país con rumbo a Guayana o viceversa, que era pujante zona industrial y atraía gente de muchas partes de Venezuela e incluso de Guamachal también. Alguna gente del barrio emigró hacia la llamada: “Zona del hierro” buscando un porvenir y fundar una familia, de hecho ciertos familiares míos partieron muy jóvenes para esas encantadoras tierras y allí se arraigaron.

Acompañé varias veces a algunos viajeros consanguíneos a esperar el bus en El Valle porque debían partir a Guayana y cuando se iban, yo también partía junto a ellos, pero mentalmente y cuando el autobús se perdía allá a lo lejos, en el horizonte, yo salía de mi “sueño” y me regresaba para la casa pensativo y en silencio. Al hablar de “La Bomba de Napoleón” no puedo dejar de citar un hecho lamentable y doloroso sucedido a uno de sus conductores de camión cisterna que traían gasolina de Puerto La cruz. Un día de regreso al pueblo y cargado de combustible se encontró con fuego producido por un incendio forestal al borde de la vía cuando venía por la carretera vieja de Zaraza y unas chispas cayeron sobre el vehículo y de modo muy rápido se incendió consumiendo el carro y a su chofer. Aquella inesperada y triste muerte nos dolió a todos en el barrio y creo que de modo muy especial a mí porque Alfredo, que así se llamaba el conductor en el fatídico momento, era mi amigo. Yo era apenas adolescente y él un hombre maduro con quien conversaba mucho y me trataba con mucha amabilidad y afecto. Nunca he podido olvidar la muerte infausta de mi querido amigo Alfredo, que Dios tenga en su Gloria. También se mudó a Guamachal tiempos después y se ubicó casi al frente del lar nuestro, Guillermo Salazar, a quien le decían “El enterrador”, porque poco después construyó un lugar en su casa que llenó de ataúdes o urnas porque trabajaba con una funeraria. Cuando uno llegaba tarde, en la noche, nos ponía nervioso observar aquellos féretros tan cerca y en la semioscuridad, al igual que el carro funerario que guardaban allí. Él vivió allí con su mujer Flor y sus hijos Norky, Nelly, Noris, Noraida y Guillermo.   

 No logro ubicar la época, pero cierta vez llegó a la comarca un hombre de apellido Balan, excelente persona, quien compró una propiedad por los lados de la avenida Libertador que para el momento era como una trocha, cerca de “La ganadera” y a sus predios trajo unas cuantas reses del tipo Holstein, esas con pintas de color blanco y negro que son muy lecheras. Buscó a mi padre para que le ayudara en el oficio de ordeñar y darles de comer, además de recogerlas. La leche era vendida en la comunidad y a mí me emplearon de ayudante para repartirla, pero tuve un contratiempo porque no sabía conducir bicicletas de reparto. Y yo repartía el blanco y perlado líquido a pie e iba de casa en casa dejando el encargo, a veces un litro o dos y hasta de medio litro para algunos, hasta que aprendí con lo de la bicha de reparto y así montaba un envase de metal de veinte litros y gritaba por la calle, casi camino, ¡Llegó la leche! ¡Llegó la leche! Y la gente salía con su perol a llenarlo todos los días. Un buen día el señor Balan tuvo que mudarse del lugar y hasta ahí duramos en el negocio, que para mí era más diversión que otra cosa, aunque tratado con mucha responsabilidad.

Y muy cerca de ahí construyeron otro negocio o empresa que era la Ford Llano, hermosa edificación que tenía como norte vender carros de varios tipos. La construcción destacaba en esos tiempos por su vistosa ingeniería cuyas paredes eran casi todas de vidrio y aquello era un verdadero espectáculo para la vista. Desde afuera el que pasaba podía ver todos los movimientos internos. Y su ubicación no podía ser más estratégica al recibir las miradas de quienes transitaban por la calle Atarraya, viniendo o yendo hacia el centro, así como de los que pasaban hacia el hotel San Marcos o de los que venían de la Libertador. Era como si “Todos los caminos condujeran a la Ford Llano”. 




Capitulo octavo
La bondad de una mujer ejemplar




Y un día de esos el barrio amaneció sobresaltado porque un vehículo que venía por La Libertador, en horas de la madrugada, se llevó por delante las bellas oficinas e hizo añicos buena parte de la lujosa vidriera. El carro quedó incrustado con todo y conductor, allí amaneció y recuerdo que lo manejaba Avelino Ledezma, vecino del lugar, quien había “tomado” más de la cuenta y terminó allí accidentado hasta que fue rescatado por la mañana con serias consecuencias físicas. Demás está decir que ese hecho impactó a todo el vecindario y todos fuimos a ver el inusual acontecimiento muy tempranito. El osado Avelino se destacó tiempos después en el oficio de la pintura “de brocha gorda” como contratista junto a sus hermanos Luis y Oscar, quienes también fueron amigos míos sobre todo de juventud. Ellos y Avelino eran y son buenas personas. Es de advertir que Avelino es amante de la poesía criolla y siempre le escuchaba recitar un poema de Andrés Eloy Blanco, titulado  “Florinda en invierno”. . . “Al hombre mozo que te habló de amores, dijiste ayer, Florinda, que volviera, porque en las manos te sobraban flores para reírte de la primavera. . . “, y por ahí se iba. Luis se marchó muy joven a Maracay y en esa enorme ciudad hizo su vida. Por cierto que la capital de Aragua la llamarían tiempos después “La piedra de amolar vegueros”, porque a ella emigraron, viven y vivieron muchos hijos de La Pascua y de otras partes del llano.

La Ford Llano quedaba justo enfrente a “La Ganadera”, también vistosa y enorme construcción propiedad de los productores agrícolas y pecuarios del pueblo y de lugares circunvecinos Era un casa enorme y singular que resaltaba por su  construcción tipo redondel Tuvo varios usos, desde el típico y normal hasta pasar por restaurante de carne asada que convidada a muchos por su olor exquisito. Antes de eso, una vez acompañé a mi madre a retirar un bolsa de alimento lácteo que daban gratuito al barrio y toda la vecindad se movilizaba cuando aquello sucedía. También quedaba por allí, primero que la construcción referida, una venta de parrillas cuyo propietario era el señor Villanueva y muchos atestiguaban que eran la carne asada más sabrosa de La Pascua, ni siquiera del barrio. Era atendida por uno de sus hijos de nombre Esteban, buena persona y no solo porque tenía la osadía de fiarnos sin tener un empleo fijo ni eventual. Éramos solamente muchachos del barrio por ese tiempo, y no sé cómo, pero le pagábamos, quizás con lo de las “graneras” o algún trabajito a destajo. No lo recuerdo.

Y llegó el momento de no dejar por fuera a una persona tan especial como la que más, aunque vino al barrio en tiempos más cercanos a los de ahora que los del comienzo del cuento, me refiero a la señora Italia Díaz, cuyos logros de persona buena jamás olvido. Ella se mudó con un dentista de apellido Monagas, quien también monto allí su consultorio justo enfrente de nuestra vivienda en la calle Tulipanes, número 99. Esta mujer era extraordinariamente servicial y ayudó mucho a mi madre en sus tiempos de salud y de  enfermedad. Era una ayuda directa, desinteresada y a veces dineraria. Y así fue Italia con todos sus vecinos. Si alguien se enfermaba, “ese enfermo era de Italia”, más, a veces, que de sus propios consanguíneos. Y para completar, como suele decirse, esta buena mujer aprendió el oficio de “sacar muelas”, técnicamente hablando y aquel dinerito no era solo de ella sino también de los vecinos ¡Qué clase de persona!, era la bondad hecha mujer. Cómo olvidarla. Ella tuvo que mudarse donde su madre por la calle Deleite, y yo, junto a mis hermanos Gregorio y Bartolo, guitarra en mano, en varias ocasiones fuimos a visitarla allí y a llevarle serenatas que estimo eran de agradecimiento. Ella tuvo tres hijos, entre ellos a dos hembras, Rosa y Yolanda, mujeres de buen vivir, igual que su madre y aquí cabe perfectamente aquel refrán que reza: “De tal palo, tal astilla”, por muchos años dejé de verlas por razones geográficas, pero donde quiera que estén o vayan, allí irá mi afecto. Años después en esa vivienda de Los Tulipanes, cuya estructura arquitectónica y muy especialmente su fachada era adelantada para la época, vive ahora la señora Eva Higuera, connotada educadora jubilada y sus hijos Gerardo, German, José Alejandro, Alberto e Isabel. Justo frente a la casita nuestra. Todos ellos muy buenos vecinos. Aunque debe decirse que esta buena familia llegó al barrio mucho tiempo después de aquel Guamachal de antaño que he venido relatando desde el comienzo. Y como ellos, muchos otros. Fueron muchas las veces que vi a la señora Eva pilotando su jeep Nissan Patrol por todo el pueblo y allí viajaban encaramadas, además de sus hijos, las Paracos, rumbo a la escuela.














Capitulo noveno
La increíble fuga del negro Antonio




Y muy cerca de Guamachal construyeron el hotel San Marcos imponente para la época y que velozmente ganó fama local, regional y nacional por su excelente ubicación y servicio. Era un polo de atracción, no solo de Guamachal sino como digo, mucho más allá. En este establecimiento de lujo presentaban eventos artísticos y musicales de impacto nacional y fue así como  varias veces tocaban allí unos bailes fastuosos e increíbles para la localidad y el momento. Las orquestas de renombre como La Billos Caracas Boys, con sus afamados intérpretes del tamaño de un Felipe Pírela, El Bolerista de América, El Puma José Luis Rodríguez, Cheo García, Memo Morales, entre otros grandes del canto popular, se daban cita allí. También la agrupación de Orlando y su Combo  con el peculiar estilo de dirigir su música el director. Y cada vez que llegaba el moderno bus con su imponente y afamada carga humana de primera línea, mi hermano Salomón y yo nos parábamos cerca de la puerta, casi “encima” emocionados y los veíamos bajar en una especie de bienvenida espontánea y muy personal. Ellos salían en silencio y casi no reparaban en nosotros al punto que prácticamente no nos veían, como si fuéramos invisibles para ellos o tal vez iban entretenidos y mentalmente pensando en su repertorio musical que desarrollarían luego, pero nosotros no les perdíamos detalles. Mi hermano y yo nos ubicábamos muy cerca de la tarima y disfrutábamos a rabiar de tantas estrellas y su música, solo que no estábamos adentro, en el local, sino que nos íbamos por la cerca perimetral, entre el monte, (eran unos potreros y la maleza campeaba) y llegábamos al patio donde se realizaba el evento, muy cerca, como cito, a unos tres metros del lugar de la escena separados por tres o cuatro cuerdas de alambre de púas. Nadie nos veía, ocultos en la maleza, aunque nosotros sí los veíamos a todos. Yo me quedaba extasiado a mis nueve años viendo todo aquello. Qué bonito era todo eso, aun cuando nosotros nos las ingeniábamos para no perdérnoslos como queda señalado. En verdad, nosotros íbamos al San Marcos a “cuidar carros” y con ello nos hacíamos de “unos realitos” que hacían falta en la casa. Eran tiempos muy duros en lo económico. Y en todo.

Y es que en Guamachal sucedieron algunos hechos muy curiosos que quiero relatar. En la casa de la esquina, entre calles Los tulipanes y Las Delicias, fundaron una bodega doña Petra, viuda de don Antonio, y Renato Gota, pero mucho antes fue residencia del negro Antonio y su esposa que era una mujer muy bonita y nadie en el barrio podía dejar de mirarla a su paso cuando iba a la bodega o salía para el pueblo. Era rubia, de figura esbelta y cabellos “de oro” que a veces usaba rizado. Todo un portento de mujer. Los curiosos la veían al pasar, pero casi a hurtadillas, unos por pena y otros por temor al negro que decían que era brujo. Antonio en cambio era de piel muy negra y vestía de “liqui liqui” blanco que contrastaba totalmente con su color de piel del tipo negro africano. Según se afirmaba este hombre era dado a los negocios turbios y en un dos por tres engatusaba a cualquiera y casi siempre era buscado por las autoridades de rigor por sus trastadas.

Cierta vez lo vimos llegar a su casa y como siempre iba todo de blanco, impecable y una vez adentro, de modo rápido, fue acorralado y cercado por patrullas y policías que llegaron de pronto a detenerlo porque al parecer lo venían “cazando” o siguiendo. El barrio se alarmó y todas las miradas estaban puestas en la casa del negro a quien poco antes habíamos visto entrar. Nadie salió a la calle por la presencia policial, pero las ventanas y las puertas de las casas alrededor lucían apretujadas de cabezas y ojos que buscaban afanosamente mirar y no perderse ni un solo detalle del acontecimiento. La policía estrechaba el cerco y mandaba al negro a rendirse y entregarse. ¡Estas rodeado! ¡No puedes escapar! Gritaban. Transcurrieron varios segundos que parecieron eternos. Nadie salía y entonces la fuerza uniformada decidió entrar en un intento de atraparlo por la fuerza. Tumbaron las puertas, sitiaron el solar y tomaron por asalto la residencia y al registrar su interior ¡no había nadie!, excepto la rubia a quien detuvieron. La policía no salía de su asombro. Los mirones tampoco. ¿Por dónde se fue? ¿Qué se hizo? ¿Cómo desapareció? ¡Dios Santo! Exclamaban expectantes los mirones desde sus casas.

 Todos lo vieron entrar y no era posible salirse del aquel terrible cerco policial sin ser visto. ¡El negro se había esfumado ante la mirada de todos! Policías y vecinos no podían dar crédito a todo aquello y en medio de las luces de las patrullas que titilaban y encandilaban, montaron a la mujer cuando de pronto se escuchó una voz que gritaba azorada ¡Allá va! ¡Mírenlo! ¡Cruzó allá! Y señalaba hacia el final de la calle a un cerrito donde está hoy la bodega y carnicería La Reforma. Todos voltearon y algunos afirmaron haber visto de relance una figura vestida de blanco que se movía y que desapareció al instante por esos predios de La Reforma. ¿Cómo lo hizo? Era la pregunta que todos se hacían, aunque jamás hubo una respuesta precisa.

Muchos lo vimos llegar y nadie lo vio salir y La policía mucho menos. Y desde aquel día la fama de brujo del negro Antonio creció como la espuma. ¡Era verdad lo que decían!, sostenían ahora los curiosos. Después no faltaba quien dijera que lo habían visto en Santa María o en el Socorro de pasadita. Cuando alguien llegaba del Socorro o de Santa María o incluso del Tigre, decía: “A mí me parece que vi al negro Antonio de refilón por una de aquellas calles”. Y esa  casa donde vivió el negro Antonio muy pocas veces fue alquilada hasta que se fue cayendo a pedazos y al día de hoy yace allí derruida y en escombros como testimonio de ciertos sucesos que nadie pudo explicar nunca ¿Otro misterio? Quien puede negarlo.





Capitulo décimo
El romance de un vendedor de tortas




Otro suceso, también extraño, fue el ocurrido con un hombre de edad avanzada que se apellidaba Naranjo y era de extracción muy humilde y nadie sabe cómo llegó y de donde vino, solo se apareció un buen día y casi llegaba a la inopia y trataba de sobrevivir vendiendo torta por las tardes en el barrio. Iba de casa en casa y tocaba ofreciendo su dulce casero, unos le compraban, otros no. Era calvo, silencioso y cierta vez tocó la puerta de la casa de una señora muy bonita del barrio que vivía alquilada junto a su esposo que trabajaba vendiendo productos de pueblo en pueblo y casi siempre se ausentaba del hogar por esa razón. El hombre humilde, el de las tortas, al ver a la preciosura de mujer se enamoró de inmediato. Todos se dieron cuenta porque frecuentaba la casa ofreciendo su producto y la mujer le compraba porque religiosamente llegaba todas las tardes y a veces conversaban fugazmente. Se iba y volvía en un ritornello eterno y diario con su bandeja de tortas al hombro.

Y las personas curiosas murmuraban sin cesar. Nadie apostaba nada a ese enamoramiento por la condición de cada uno. Ella, hermosa, bien vestida y llena de vida. El, un simple tortero, mal vestido, sin fortuna y de edad avanzada. Algunas mujeres entrometidas llegaban a decir: ¡Pobrecito!, como cree que esa bonita mujer se va a enamorar de ese pobre hombre que no tiene nada, ni siquiera donde caerse muerto, ¡pobrecito! Pasó algún tiempo y sucedió lo increíble ¡El tortero Naranjo huyó con la mujer! Se fueron juntos y nadie volvió a verlos jamás. Un día volvió el esposo de la fémina y encontró la vivienda sola. Ellos habían venido de Guayana. Así de sorpresivo es el amor, decían algunos. E increíble, diría yo. Pues, no había funcionado el famoso dicho aquel que reza: “El amor y el interés se fueron al campo un día, y más pudo el interés que el amor que te tenía”. El tortero pobre, sin ropa y sin nada pudo más e incluso acabó con el dicho ese. ¿Cómo lo hizo? Nadie lo supo, aunque ciertas conjeturas se echaron a volar y tenían que ver con aquello de que “El tortero Naranjo había “embrujado” a la bella dama”. “No pudo haber sido de otra manera”, “él tenía cara de brujo”, terminaban diciendo en medio del asombro y una que otra risita. Lo único que quedó del tortero en Guamachal fue un apodo que le pusieron a uno de mis hermanos. ¡Deja la vaina, tortero!, le decían para referirse al desaparecido y enigmático vendedor cuando mi familiar importunaba a uno de ellos y por cierto parecido físico con el audaz dulcero. Y al tortero Naranjo jamás se le volvió a ver por los correderos del barrio Guamachal. ¡Nunca!



Capitulo décimo primero
El impacto del ahorcado



Este otro suceso, muy triste por lo demás, ocurrió muy cerca de lo que hoy es el parquecito público de Guamachal que administraba y cuidaba don Vanezca por la calle Los Llanos, enfrente a su histórica bodega. Y es que por ahí quedaba otra bodeguita cuyo propietario era una persona entrada en años de nombre don Israel, negrito de nacimiento y de tamaño retaco. En ese negocito iba mucho mi amigo Benjamín Gómez, que era joven, catire, atlético y que vivía cerca de allí y era asiduo visitante del expendio que tenía de vecina a una joven y bonita muchacha que mi amigo invitaba de vez cuando a beber refresco, nada más se trataba de eso, pero así no lo veía don Israel que miraba a la jovencita con los ojos de un enamorado, cuestión que ni siquiera la muchacha sospechaba. Un día Benjamín fue de visita nuevamente al negocio y de improviso, sin cruzar palabra alguna, recibió un disparo del viejo “enamorado” que por poco asesina a mi querido y recordado hermano de corazón. La bala provino de una vieja escopeta del tipo “chopo”, de fabricación casera, que el bodeguero ocultaba con celo debajo del mostrador. En medio del increíble suceso, Benjamín fue auxiliado y recluido de inmediato en el hospital y pudieron salvarlo, mientras que al bodeguero Israel lo detuvieron y le dieron casa por cárcel debido a su avanzada edad. El suceso me lo contó mi madre en una carta que me hiciera llegar al instituto técnico de agricultura en Jusepín, estado Monagas, donde yo cursaba estudios. El mismo recinto de la UDO, que es la Universidad de Oriente ayer y hoy. Al recibir la noticia me invadió una gran tristeza y me puse a llorar.

Igual memorizo un hecho que impactó mi niñez, cerca de mi adolescencia, cuando el barrio fue sacudido con la noticia del ahorcamiento de un hombre que se llamaba Ceferino. Todo el mundo quedó paralizado al conocer el suceso de ese dramático caso que era inédito en Guamachal porque era impensable que una persona se quitara la vida de ese modo y de cualquier otro. De ahí la impresión. ¿Qué? ¿Se ahorcó Ceferino? ¡Santo Dios! ¿Cómo pudo ser? Exclamaban muchos horrorizados. Era conocido de casi todos porque era un barrio pequeño. En lo personal y junto  a varios muchachos corrimos a ver el triste caso ocurrido monte adentro por los rumbos donde vivía Cupertino Flores y sus hermanos Chanto, Benito, Pragedes y Belén, pero mucho más adentro buscando la montaña y allá llegamos nosotros corriendo, nos detuvimos enfrente a un enorme árbol del tipo Samán que había crecido cerca de un camino poco transitado. Aquella inmensa planta fue el medio y escenario mortal escogido por el hombre para arrebatarse la vida, y allá, muy arriba, en los copos del enorme Samán estaba el cuerpo inerte de Ceferino y levemente movido por una brisa suave, tan suave que poco se notaba el levísimo vaivén del cuerpo. Lucía pequeño, allá en los copos, quizá por la inmensidad de la planta que sobresalía con creces ante los demás arboles del lugar. Triste y desafortunadamente colgado de un mecate yacía el infortunado.

En medio de mi asombro, casi petrificado mi rostro al ver aquello, me preguntaba cómo había hecho Ceferino para subir y trepar ese altísimo árbol que parecía a veces perderse entre las nubes, con tantas ramas gruesas y medianas que lo hacían tupido. Y sobre todo, ¡Hacer lo que había hecho este pobre hombre! Llegó mucha gente y veían fijamente hacia arriba sin pronunciar palabra. Un silencio sepulcral cubría el lugar y envolvía a todos. Nadie podía dejar de mirar. Parecíamos robots. Absorto en mis pensamientos que no daban crédito a lo que presenciaba, sentí que alguien me agarraba y al voltear rápido, casi sobresaltado, vi a Simón, uno de mis hermanos mayores que me halaba por la franela pidiéndome que me retirara de inmediato del sitio. Dijo solemne y decidido: ¡Vente, carajito, que tú no puedes ver eso! ¡Allá en la casa te espera mi papá y seguro te va a dar unos chaparrazos! Antes de partir Simón miró hacia los copos del inmenso samán y se quedó viendo fijo por varios segundos en completo silencio. Se movió y yo lo seguí sin decir nada y con mi mente puesta en el terrible e inesperado hecho y caminando apurado hacia el rancho. Al llegar a casa mi papá estaba amolando un tocón, me miró y tal vez por mi actitud triste y desconsolada no me dirigió palabra alguna. Mi mamá puso la mano sobre mi cabeza y juntos caminamos hacia mi humilde chinchorro con la intensión de acostarme. Eran como las diez de la mañana, si mal no recuerdo. Aquel impacto del ahorcado me estremeció por mucho tiempo y aquella triste imagen de Ceferino muerto se quedó en mi mente para siempre. Cada vez que vuelve el suceso a mi cabeza me embarga una especie de tristeza. Nadie supo porque esa persona tomó esa trágica determinación. Son esas cosas insondables del cerebro humano, diría algún psicólogo de nuevo cuño.









Capitulo décimo segundo
La apuesta con Renato Gota y el día que asesinaron a John Kennedy, presidente de EEUU




Yo conocí a Renato Gota cuando era empleado de don Antonio y de doña Petra y este les ayudaba en el bar que quedaba en la parte alta de la calle Los Tulipanes, muy cerca de la carretera nacional que conduce a Guayana. Y aunque era un negocio muy concurrido y vendía bastante, un buen día Renato decidió montar su propia bodega y lo hizo en una casita, tipo rancho, ubicada en la esquina de las calles Los Tulipanes y Las Delicias. Ya yo me había ido del barrio y trabajaba y estudiaba fuera, pero eventualmente regresaba a visitar a mis padres que para entonces vivían y aprovechaba pasar y saludar a mi amigo Renato. En una de esas, en medio de la conversación, me dice: “Pariente, ¿qué le parece esa pelea del sábado de los pesos pesados entre Muhammad Ali y George Foreman? Esa la gana Muhamad Ali, yo que se lo digo, ¿A quién va usted? Lo miré sonreído y le riposté: “No, Renato, que va, esa la gana Foreman, sin duda”. Y comenzamos una amena discusión. Yo le argumentaba que Ali no estaba en condiciones físicas para aguantar las andanadas de golpes de su rival que venía con una seguidilla de nocaut con todo el que lo retaba. Y yo le aseguraba: “Fíjate, Renato, Ali apenas sale de la cárcel donde estuvo preso como tres años por la condena que le impuso el Gobierno gringo por no ir al servicio obligatorio, y de paso le quitaron el título”.  “Que va, manito, no tiene vida”. Yo me respaldaba con la opinión de los analistas internacionales de boxeo y todos los especialistas de la prensa deportiva que daban ganador al gigante negro, Foreman, que para el momento ostentaba el cinturón de campeón del mundo. Renato no se quedó tranquilo y me propuso: “Pariente, somos amigos, pero le apuesto una cajita de cerveza a que gana Ali”. Y yo acepté: “Como no, Renato, esa va, acabas de perder esas cervezas, prepárate para que me brindes”.              

Bueno, como se sabe, el bocazas Ali, que decía que “Picaba como una avispa y volaba como una mariposa”, esa noche le dio tremendo nocaut a Foreman y casi que barrió el piso con él y entre cuatro mastodontes lo recogieron para llevarlo a su esquina y tratar de revivirlo en su banco completamente grogui. El mundo del boxeo se sorprendió y se cayeron todas las apuestas y con el tiempo se supo que “esa pelea fue arreglada por la mafia” que controlaba ese deporte por aquellos años y como siempre ha sido, tal se ha develado por estos tiempos. Por mi parte debo admitir que no pude honrar la apuesta con mi amigo Renato porque tristemente falleció prematuramente de un infarto del miocardio en una de mis ausencias del lugar. Siempre lo recuerdo cada vez que vuelvo al barrio y hablo con sus familiares. Fue un hombre bonachón y de buen proceder, amigo de todos.

Relato ahora el suceso criminal que llevó a la tumba al mismísimo presidente de EEUU, John Kennedy, con el que ocurrió algo muy particular en el barrio Guamachal de antaño. Se sabe que el sonado crimen impactó al mundo y sacudió a todos los pueblos del planeta, a sus hombres y mujeres, a los gobiernos de todos los países, y mi pobre y campesino barrio no fue la excepción al punto que no dejó de sorprenderme la tristeza de muchas personas en la comarca al conocerse la fatal noticia. Ese día yo salí de mi rancho, en horas de la tarde, y me encontré con varios muchachos que vivían cerca, nos veíamos los rostros algo contrariados, compungidos y sin comprender nada. Yo tenía entonces unos ocho años y por nuestro lado caminaban los adultos y mayores que se notaban tristes. En los frentes de las viviendas se reunían las personas y comentaban sorprendidos el suceso, a pesar de lo lejano y distante.

Claro que el Presidente de ese país era un personaje que había traspasado las fronteras patrias y no existía rincón del mundo donde no se le conociera y se hablara de él. Y no había los medios de comunicación como existen hoy día globalizados y todo, apenas la radio era la que informaba y tampoco abundaba, eran pocas las casas donde tenían un aparato de esos y la televisión estaba en pañales. Pero, Guamachal, con todo y eso fue tremendamente impactado y tuvo un efecto emocional como señalo. Y queda claro que un suceso de esa envergadura no era común en esa época y tal vez de allí la conmoción y las actitudes particulares. Y es que un hecho de ese tamaño y de esas repercusiones era  mucho para las mentes de unos chicos, en el caso nuestro, sin edad escolar todavía y de unos adultos conuqueros en su mayoría que solo estaban pendientes de otras cosas muy ajenas a ese tipo de acontecimientos.

Aunque debo decir que ahora casi que se ha perdido la capacidad de asombro porque los males crecen y se multiplican, los sucesos asombrosos ya no asombran y la impavidez resuena muy poco en los corazones sobre cargados de las mil y una cosas que ocurren a diario en una aldea que es el mundo y que luce globalizado donde las noticias dan la vuelta al globo terráqueo “en un dos por tres”. La ingenuidad cada vez pierde terreno de manera acelerada y marchamos veloces por la vida chocando unos con otros, casi sin darnos cuenta. Y respecto de cómo llegó la noticia al barrio Guamachal, yo pienso que fue por la radio, por Rumbos o por Continente, que eran las que se escuchaban en el pueblo y en el barrio, y me imagino que fue en el estilo radial en el que lo hacían los locutores y periodistas en esa época, algo así:

¡Urgente! ¡Urgente! ¡Noticia de última hora! ¡Hace pocos minutos le dispararon al presidente de Estados Unidos! ¡Manténganse en nuestra sintonía que seguiremos informando! ¡Notirumbos en la noticia!

Y ya con ese escándalo radiofónico todo el mundo quedaba en aviso e impactado o “viendo para los lados” sumados los sonidos de estruendos y algo tenebrosos de lo que ahora llaman en la radio de los pueblos la “fanfarria”, la cual sonaba antes de dar la noticia y nada más al oírla todo el mundo “paraba” la oreja y muchos solo atinaban a preguntarse ¿Qué pasaría? Y salían corriendo hacia la radio.
Capitulo décimo tercero
El atleta descollante que enseñaba en Guamachal




En Guamachal, cerca de La Reforma, bodega carnicería, cuyos dueños son los hermanos Hernández, entre los que cuentan Juvenal y Felipe, este último profesor universitario, cronista e intelectual de primera línea (de quien debo expresar que me nutro en lo histórico con sus excelentes crónicas de Valle de la Pascua y del Guárico todo, así como lo hacen estudiantes e innumerables personas del ámbito cultural) por allí edificaron una casa que sobresalía sobre las demás en aquel tiempo y de hecho la llamaban “La Quinta”, porque su construcción era moderna para la época y su tamaño enorme. Un caserón, como se decía en el barrio. No recuerdo si sus dueños eran ganaderos o comerciantes, pero seguro era gente acomodada por los bienes que mostraban. Yo no llegué a conocerlos y por la comarca era muy poco el que se acercaba por esa casa inmensa y bien hecha que contrastaba con la mayoría de ranchos y viviendas del lugar. Usaban unos portones inmensos con cuyo material podía alcanzar para construir una o dos  casas de las del tipo común del barrio, o sea, ranchos. Sus ocupantes, según mi parecer, vivían prácticamente encerrados y muy poco se les veía entrar o salir a menos que lo hiciesen de noche. Había una especie de misterio sobre esa “Quinta” y alguna leyenda se escuchaba comentar.

Entiendo que después tuvo varios dueños y al cabo de varios años su último propietario o regente invitó a un amigo y este me llevó con él a un bautizo, si mal no recuerdo. Asistí con cierta aprehensión y curiosidad, pero no pude ver sus partes internas al no poder pasar del patio. El misterio siguió vigente en mi caso, pero ya venido a menos. Y otra construcción legendaria muy cerca del barrio Guamachal fue el liceo José Gil Fortoul, aledaño al Grupo Carlos j Bello, ubicado en la avenida Libertador y algunos de los que por allí vivíamos queríamos cursar en esa institución, pero yo no pude por razones económicas y al terminar la primaria hube de partir y vine obteniendo el título de bachiller en la ciudad de Guanare, estado Portuguesa, en el liceo José Vicente de Unda, institución que fue creada por decreto del Libertador Simón Bolívar, en una de las visitas del héroe a la ciudad, siendo el primero de su clase en el país, por cierto que el prócer Unda, diputado para la época, acompañaba al caraqueño ejemplar.

Recuerdo que en el Gil Fortoul, en sus canchas deportivas, que eran libres, muchos muchachos iban a practicar deportes, en especial atletismo, béisbol y futbol. En ciertas ocasiones se daba cita Manuel Planchart, quien era un distinguido atleta nacional y especialista en 100 y 200 metros planos. Planchart asistió a varios juegos deportivos panamericanos y olímpicos representando a Venezuela con resultados sobresalientes y  escribiendo una página dorada en el deporte nacional. Este excelente deportista asesoraba a los aspirantes a atletas y en especial a los velocistas en el campo del liceo, entiendo que contratado por la institución. Tenía por norma mandar a los muchachos a colocarse en posición de carrera, él se colocaba unos treinta metros más atrás en posición también de correr y al darse la partida salían todos y Planchart los rebasaba con facilidad con todo y la ventaja que les daba y eso que había jóvenes que corrían muy duro, pero inexpertos, digo yo.

Este mismo Planchart competía en un grupo élite de atletas venezolanos que conformaban Héctor Thomas, Horacio Estévez, Luis Planchar, hermano de Manuel, Arquímedes Herrera, entre otras estrellas del momento y de siempre. Estévez, por ejemplo, realizó la hazaña de marcar ¡diez segundos en cien metros! Igualando la marca del mundo, solo que su inmortal registro no fue reconocido oficialmente por cuestiones del viento a favor, según se dijo. Ellos competían entre sí y hoy era campeón de cien metros o de doscientos Planchar y mañana Herrera o Estévez y así dirimían supremacía estos excelentes atletas venezolanos que marcaron toda una hermosa época y que deslumbraron, no solo a Venezuela, sino a Latinoamérica y al mundo. Y en Guamachal tuvimos a uno de ellos.

Tiempos después fundarían en el barrio el Instituto Tecnológico de Los Llanos, en lo que antes eran unos potreros donde sembraban sorgo y maíz y pastaba el ganado. Esa institución educativa superior vino a llenar un gran vacío en su campo y especialidad y fue recibido con alegría y entusiasmo por un barrio que comenzaba a despegar en crecimiento poblacional, cultura y urbanismo. E igualmente celebrado, claro está, por todo el pueblo e incluso poblaciones cercanas. Muy cerca de allí quedaba la “bodega” de Isidora donde alguna gente iba a “refrescarse” y a compartir, pero era un tipo de “refresco” al que las personas invitaban y decían: “Vamos a echarnos una donde Isidora para refrescamos”, y las botellitas traían un osito blanco pintado. Y eso “de una” era solo un decir porque después se transformaban en varias o muchas, dependiendo del bolsillo de las personas. Y era impensable ver por ahí “al señor fiado” porque hacía mucho tiempo que la dueña del lugar lo había desterrado. Era una especie de lugar clandestino y nada más al entrar a la casa todos miraban hacia un rincón donde estaba puesto un garrote que tomaba Isidora cuando algún bebedor de “refrescos” se le subían los tragos a la cabeza. A pesar de que ella les advertía: “Ya saben, muchachos, yo no fío, a mí me han jodido mucho” A más de uno chaparreó la mujer cuando ciertos clientes osaban declarar que no tenían sencillo en sus bolsillos. Eso sí, después de refrescarse. Y así era más fácil para la dueña del establecimiento agarrarlos “medios zara tacos”, especialmente a aquellos que no le paraban a la advertencia de Isidora.







Capitulo décimo cuarto
Algunos nombres y familias de Guamachal




Yo no tenía grupos en el barrio, sin embargo solía estar más tiempo con algunos con los que me identificaba muy bien. Por ejemplo con Benjamín Gómez, quien tenía para su uso las mejores bicicletas de Guamachal, siempre eran nuevas, adornadas con todos los periquitos y ornamentos que existían y sus bicicletas eran siempre de marcas reconocidas. No se las prestaba a casi nadie. Hacía la excepción conmigo por el afecto especial que nos teníamos. Cuando yo me montaba y paseaba me parecía que cargaba un “carro convertible” del último modelo. Era una exquisitez para un muchacho pobre del barrio, pero rara vez me acordaba de mi escasez de recursos y mucho menos en esos casos. Tuve y tengo muchos amigos de infancia, de adolescencia y de juventud en el barrio. Unos se han marchado para siempre de este mundo dejando tristes los corazones de familiares y amigos. Otros se mudaron desde hace mucho tiempo para otros pueblos y ciudades, algunos aún viven en el barrio y jamás salieron. He aquí unos nombres de gratísima recordación, además de los ya nombrados: Cruz Vanezca, Cupertino Flores, a quien logré ver no hace mucho, tres o cuatro años, y después de un breve reconocimiento visual pude ubicarlo en el tiempo. Esta buena persona, alta y fuerte, me defendía cuando alguien pretendía agredirme ante cualquier discusión por vana que fuera y sucedía solo cuando venía algún intruso de otro barrio dándosela de guapo. Yo no era “peleador”, pero tampoco “culeco”, como decía “El Cazador Novato” en sus chistes gravados años después, pero nunca faltaba algún antojado.

Pero tenía amigos que daban la cara por mí, como digo. Y en el caso específico de Flores, habían pasado muchos años sin saludar ni cordializar con este buen hombre que es Cupertino, tanto que por poco se me borra su imagen juvenil alojada en mi mente de muchacho. Inolvidables son también Reyes Vanezca, Martin Rojas, jugador de bolas criollas, y quien rara vez pelaba un boche y a veces daba cuatro clavados en cualquier partido o patio, muchos le temían. Miguel Molina, a quien muchos lo apodaban “el mono”, también era excelente bochador y veloz en cien metros, corría duro Miguel, incluso a la policía en tiempos de la recluta, Eustacio, Augusto, Raúl y Alejandro González, Pánfilo y Carlos Molina, Freddy Valera, José y Jaime Velázquez, Galifa y Jacho, Manuelito Camacho, Rubén Mayorga, Manuel y Caliche Vanezca, El Gallo Vanezca, fue vecino nuestro y no le faltaba una bicicleta de reparto con unos objetos siempre en el cajón y su pantalón amarrado abajo con una goma para no ensuciarlo con aceite y grasa de la cadena. Bartolo García, Silvio, el de Prajedes, Carlos Soto,  y Tobías, Arturo, Jaime y Teto Rondón, El Negro y Salomón Paraco, Miguelito, Hugo Rengifo, Renato, Eduardo Bermúdez, Luis y Marcos Campos, José Manuel Gómez, José Luis Ramírez, Tano, Chichí, Pedro Manuel, Martín Castillo, Nego Nego, Arturo Ramírez, Carlos Blanca. Así como la señora Felicia Ramírez, José Luis Díaz. Y debo anotar que a mí me gustaba andar con mi amigo José Luis Días porque además de ser buen amigo “medía más de dos metros” y pesaba ochenta kilos con una pinta de boxeador, y si yo andaba con mi amigo José Luis, ¿Quién se podía meter conmigo?

Y no eran pocos los que iban a bañarse todas las tardes, a eso de las tres, a las lagunas de “La peruchera” y “La peperita, que eran inmensas para la época y alcanzaban más de seiscientos metros o más de largo y muy anchas. Eran lagunas artificiales que construían las máquinas pesadas cuando sacaban tierra para rellenar y emparejar lo que sería la carretera nacional en construcción que conduciría a Guayana o a Maracay. El lugar era enfrente a lo que después fue, tiempos después, el restaurante El valle, La parrilla de Villanueva y muy cerca también de donde construirían La Ford Llano. Primero deforestaban y quedaba un camino de tierra con troncos y restos de grandes árboles, recogían todo aquello y comenzaban a emparejar el camino y ahí era cuando le chocaban a los potreros aledaños con previo permiso o comprados a sus dueños a sacar grandes cantidades de tierra y quedaban las lagunas que en invierno se llenaban y parecían grandes lagos que duraban todo el año.

Ese camino de tierra que años después se convertiría en carretera, pasaba a ser de granzón y luego asfaltada, pero en ese ínterin pasaban varios años, lustros o décadas. Todos los adolescentes que vivíamos en Guamachal disfrutábamos esas lagunas con o sin permisos de nuestros padres. Muchachos desobedientes y arriesgados que no veíamos el peligro, pero “el mandador” tenía su uso cuando nos sobrepasábamos. No recuerdo cuantas “pelas” nos dieron por bañarnos en esas lagunas, pero valía la pena porque gozábamos un mundo en esas tremendas aguas libres y donde hacíamos competencias de nado y ganábamos todos.  Hoy no quedan ni rastros de esas bonitas aguas estancadas ni de los potreros del alrededor, solo vagos recuerdos. El urbanismo acabó con todo eso. La entrada a las lagunas estaba donde ahora existe una empresa de venta de cerámica “Prosein” y otros negocios y uno que otro pequeño predio agrícola o ganadero, pero kilómetros adentro. Todavía “me veo entre esas bandadas de carajitos”, apenas con un pantaloncito largo, descalzo y sin franela rumbo a la “peruchera” o a “la peperita”, a disfrutar de esas aguas deliciosas y que “eran todas nuestras”. Hoy está la carretera nacional con un tráfico veloz y peligroso por donde circula casi toda Venezuela, unos a Guayana y otros a Maracay o Valencia.   

Y entre las muchachas del barrio, entre otras muchas, recuerdo a Alicia, Caridad, Manuela y abisinia, de las Gómez y hermanas de Benjamín, Rosa, Emperatriz y Mirian Soto, Gladis, Dulce, Beatriz y Mirian Paraco, Fanny Camacho, Tesalia, Nancy, Nuvia y Marbella, que eran las hijas de Pragedes, Teolinda Vanezca, las hijas de don Bartolo: Eva, Milagro y la Negra. Había otra muchacha que le decíamos la Negra, que vivía en la casa de la señora Camacho y su nombre propio es Carmen.

Y los muchachos, hechos mayores de edad, se refrescaban en el bar de don Antonio, que atendía doña Petra, que luego sería de Isidro González y lo atendería Eustacio, su hijo. Después tuvo otros regentes que ya casi no me acuerdo y creo que Víctor Ramírez fue otro de ellos y tuvo por allí una pasantía, pero no estoy seguro. Fue convertido con los años en “juego de billar”. En aquel tiempo estaban de moda las “rocolas” y sonaba mucho la discografía de Julio Jaramillo, llamado “El ruiseñor de América”, entre otros intérpretes acompañados de la guitarra que eran muy famosos por esos años. Los enamorados “solos” nos sentíamos muy bien escuchando sus bonitas y románticas melodías ensimismados con una fría en las manos. Aunque fue mucho tiempo después porque era necesario ser mayor de edad, cuando éramos menores no entrábamos “ni de vaina”.  Para oír la música se debía introducir una monedita de a “medio”, que era la cuarta parte de “un Bolívar” y era el costo de cada canción y si metías el Bolívar el aparato te sonaba cinco canciones porque te daba una de “ñapa”. Tiempos bonitos esos y nunca había “peleas” y debe haber sido porque doña Petra siempre se adelantaba limpiando la mesa con rostro serio y profería: “Les digo lo de siempre, no quiero líos ni borrachos aquí”

Y de ese grupo nombrado que significa toda una generación, surgieron, como es de suponer, muchos profesionales, abogados, ingenieros, periodistas, locutores, maestros, profesores, mecánicos, albañiles, camioneros, taxistas, electricistas, deportistas, y “toderos”. Por cierto, casi todos ellos, a pesar de la amistad que nos unía y nos une, nunca me llamaban por mi nombre de pila, incluso, muchos años después cuando yo volvía al pueblo de vacaciones o visita y lográbamos vernos, me decían: “Que más, pelón, ¿cuándo llegaste?  Y es que así, con ese apodo, me llamaban mis padres desde niño y así me quedé para mis amigos del barrio y mi familia. Y no se trataba de que fuese “pelón” propiamente hablando porque más bien tenía mucho cabello. Creo que fue una vez que de chiquito me afeitaron “coco pelón” por aquello de los piojos que no les faltaban a cualquier muchachito de la barriada y ahí me salió el apodo hasta el día de hoy.



Capitulo décimo quinto
Un agricultor y una ama de casa legendarios que siempre vivirán en mi corazón



Y ya de adolescente hubo un hecho que me cautivó para siempre. Y no era otro que la afición por el denominado “Séptimo arte”, o sea, el cine, la pantalla gigante. Era una emoción muy grande cuando llegaba el domingo y nos preparábamos para ir a matiné, que era la función de las 3: 00 de la tarde o a la proyección de vespertina de las 5:00 pm, aunque a esta función no íbamos mucho realmente porque terminaba muy cerca de la noche y en aquel tiempo era prohibido para nosotros por aquello de que “muchacho no podía estar tan tarde fuera de la casa”, y era necesario y acostumbrado “recogerse temprano”. Antes de la hora se reunían previamente los muchachos con suplemento en mano y algunos tomos novelados. Estaban de moda los suplementos de Santo “El enmascarado de plata”, “El llanero solitario”, “Gene Autry”, entre otros, los de Santo salían en tomos también, tipo libro de 300 páginas, más o menos. A mí me encantaba leerlos, me fascinaban esas lecturas del Santo, quien cuando se las veía mal se encomendaba siempre a la Virgen de Guadalupe, Patrona de México, y sus hazañas, las del Santo, ponían a uno a soñar. Yo los leía prestados porque no podía adquirirlos y su precio era de un “medio” o un “real”. Los tomos eran más caros y era peor para mí. Pero como digo, mis amigos me los prestaban y podía disfrutar las aventuras relatadas.

El protagonista, El Santo, era oriundo de Méjico y de ese país nos llegaba esa literatura de acción impresa e imaginaria. Yo devoraba esos libritos y siempre andaba a la búsqueda de alguno para deleitarme. También circulaban suplementos de “El llanero solitario” y de vez en cuando se intercambiaban también “las novelitas vaqueras” que me deleitaban y yo las devoraba con una lectura rápida porque tenía que devolverlas con cierta prisa. “Yo viajaba junto al protagonista por esos senderos del mundo con esas lecturas que me extasiaban”. Ahora recuerdo las del autor Marcial La Fuente Estefanía que eran especies de libritos de unas 200 páginas o más. Y es que en esos libros de vaqueros “yo escuchaba hasta el resuello de los caballos y el sonido de sus cascos al caminar o correr y hasta los disparos en cualquier duelo o persecución”. “Mi mente producía todo aquello”. Muchas veces mi padre me despertaba del “sueño” de esas lecturas cuando me llegaba y me decía: “Vamos, hijo, es la hora de irse para el conuco”. El cine favorito era El Manapire, aunque también visitaba El Royal y El Morichal, la entrada costaba “un real” y fueron muchas las veces en que yo no podía entrar por carecer de ese pequeño monto que para mí era grande. Con esos libritos también se aceptaba el intercambio y creo que a partir de allí nació en mí una predilección muy especial por el cine y la lectura hasta el día de hoy. El Manapire quedaba a una cuadra de la Plaza Bolívar por la calle Atarraya y una cuadra más allá, en la esquina, se ubicaba El Royal, bajando por La Atarraya.

Evoco ahora cuando desperté una madrugada y desde mi chinchorro escuché una bien timbrada voz que daba una serenata en la ventana de una mujer que vivía por la calle de Las Delicias, yo me acomodé y me dispuse a escuchar aquello tan bonito y tan romántico y alcancé a oír la letra de la canción “Noche de amor”, de Amílcar Segura, compositor larense. La hermosa voz era la de Salvador González, que para entonces comenzaba a darse a conocer: “Yo quiero que esta noche no la olvides, ya que nunca  jamás la olvidaré, noche en que se juntaron nuestros labios, y por primera vez yo te besé” Esa canción fue grabada tiempos después por este excelente intérprete y pudo oírse en todo el país. En esa madrugada de Guamachal, en el silencio de la noche, sonaba ensoñador. En la mañana los comentarios brotaron por todos lados. “Oigan, ¿escucharon la serenata anoche? Qué bonita se escuchaba el arpa, el cuatro y las maracas, y que tremenda garganta la del tipo, cantaba bien bueno”. Aquella noche, al parecer, Salvador había enamorado no solo a la muchacha de la ventana.

Debo registrar, de modo especial, que mi padre don Simón era conuquero como bien apunté al comienzo y su predio estaba ubicado en el lugar que ocupa hoy el barrio “El verguero”, una parte digo, no todo, que fue su nombre original, aunque después se llamaría “El 12 de octubre”. Mi padre trabajó en su conuco por un periodo de más de cinco décadas, más de cincuenta años cultivando el sustento para su prole y que durante años significó el lugar donde la familia “hacía mercado”. Sembraba, cultivaba y cosechaba junto al grupo familiar. Todavía están en mi mente aquellos arrozales que sembraba y cultivaba mi padre y que nosotros cosechábamos a mano, al igual que recuerdo nítido los verdes maizales y cuando corríamos a los pericos cerca de la cosecha para que no se comieran el producto de nuestro esfuerzo. Era hermoso y refrescante todo aquello.

Y es imposible olvidar que por todos los alrededores de donde mi padre estableció su conuco existían potreros y sabanas pobladas de árboles frutales silvestres, entre los cuales recuerdo clarito un árbol que producía un fruto que se llamaba “Tarare” que era muy dulce, transparente y pegajoso que nosotros comíamos y usábamos para pegar el papel de los papagayos e incluso se usaba como material de la escuela primaria para pegar dibujos y otros trabajos propios de las artes manuales, no teníamos que ir a la librería, que de paso no existían, a comprar pega de ningún tipo, tal como hacen los estudiantes de hoy con sus tareas de manualidades. Esa especie de pega estaba en el campo y era libre, cualquiera iba y la tomaba, así como las matas de mango que crecían “en tierras de nadie” y todos cosechaban a su libre albedrío y “luchábamos” con los otros muchachos para que no les tiraran piedras porque dañaban las plantas. O sea, se cuidaban los árboles silvestres. También recogíamos guayabitas sabaneras, dulces y sabrosas, chupábamos “meleros” que eran de pura miel, como apunté en otra parte. Se daba libre el caruto, otro fruto comestible, al igual que el riquísimo merey y el nutritivo mere cure de color amarillo y grato sabor. Del mismo modo comíamos mamón ofrecido gratuitamente por la sabana, así como el almendrón. Yo los tomaba, me sentaba al pie del árbol y debajo de su frondosa sombra allí comía y soñaba despierto. Ya les hablé del fruto del guamacho con el que también nos alimentábamos. Y las cerezas o cerecitas del llano que también les decíamos seme rucas. La uva llanera y el coto peri parecido al mamón. El manirote también se daba en la llanura, era un fruto verde y enorme que hacia un ruido fuerte y seco al caer. Incluso la mismísima guanábana, tamarindo, riñón, estaban a la disposición de cualquiera. El sabroso y rico higo cuyo dulce hecho con él era exquisito. Y estos son los frutos sabaneros que más recuerdo y que me alimentaban así de fácil.

Pero no solo eran frutales, también se cosechaba libremente el quimbombó que era una planta tipo arbusto muy especial porque su fruto pequeño y redondo al secarse se tostaba, se molía y servía para preparar el sabroso café mañanero y el de las tardes con un sabor muy sabroso y aromático. Algunos llegaron a beber café de brusca también. En ese tiempo bonito no íbamos a la bodega a comprar café como hoy porque “cosechábamos” libremente el quimbombó y la brusca. Y así como las cosas que acabo de anotar, también muchas otras. ¡Qué tiempos aquellos¡ era una especie de paraíso terrenal sin que hubiese fruto prohibido. Pero todo eso tendría que acabar un día. La sabana se dividiría en propietarios privados, cada quien tomaría su pedazo y el alambre de púas, la grapa, el martillo y los estantillos harían el resto. Aunque debo expresar que yo presencié en esas sabanas y montes cosas hermosas y bellas que jamás podré olvidar, como por ejemplo:

“La mariposa multicolor cuando detenía su vuelo y aleteo sublime
  alrededor de la bella flor y chupaba finamente,
 el pequeño y hermoso tucusito con su piquito
 también chupando la dulce miel
 con un suave aletear que producía
 un sonido casi inaudible
 y enternecedor,
 y de más allá llegaba a mis oídos
 los cantos tenues
 de un sinnúmero de pajarillos
 que hacían el ambiente llanero mágico y paradisiaco. Era una especie de “orquesta” espontánea que maravillaba en el llano,
sin desestimar el sonido y chinchinear un tanto lejano
de algún pequeño riachuelo o “caída de agua” mojando
el suelo y las plantas en su indetenible correntía”,
y por esos caminitos por donde iba
Impregnaba mis alpargatas con el rocío mañanero
 al hacer contacto con las frescas espesuras”

Y hay una canción en especial que me recuerda, cada vez que la escucho, todas esas cosas bonitas del llano de antaño y que fue compuesta y cantada por el trovador guariqueño José “Catire” Carpio, titulada “Mi llano es un paraíso” y allí describe parte de lo que les he contado. 




Capitulo décimo sexto
Una niñez compartida con la naturaleza



De niño yo gozaba mucho en esos lares y disfrutaba la vegetación multicolor, el canto diverso de los pájaros, el frescor de las mañanas y en las tardes, era un sitio para soñar a pesar de todas las carencias y dificultades. Yo acompañé a mi padre un buen tiempo, sobre todo en mi niñez y parte de mi adolescencia porque los estudios me reclamarían después. Allí cultivó arroz alrededor de unas lagunitas que se llenaban en invierno, sembraba maíz, frijol, yuca, batata, cilantro y otras yerbas, así como frutales de varios tipos. Cercano a esos terrenos crecía muy bien “el melero”, hermosa y vistosa planta mediana y alta que producía en sus flores amarillas miel dulcita como el “melado” y con ese producto natural nos deleitábamos. A veces dejaba de desyerbar una calle de maíz y me ausentaba calladito, y cuando el “viejo” me preguntaba que para donde andaba, le decía: “chupando melero, papá”. También mi padre cultivaba caña de azúcar para producir guarapo en un viejo trapiche que allí tenía para moler esa caña. También criaba sus marranitos (y a esos marranos aun sin engordar “les llegaba su sábado”) y gallinas también criaba y nunca faltaba una pataruca y una bolsa de ñemas. Don Simón asistió religiosamente durante esas cinco décadas, y tal vez me quedo corto en el tiempo, a ese conuco. Partía en la mañana muy temprano y regresaba en la tardecita, casi de noche. Duro trabajo el de mi padre, pero lo suavizaba con una especie de “amor” por la responsabilidad y el deber de criar a una familia numerosa.

La herencia recibida de sus padres fue ese amor por el trabajo, la honestidad y el respeto. Y a su vez hizo un gran esfuerzo por darle ese legado a sus hijos y creo que lo consiguió, a Dios gracias, no sin antes “arrugarle” la cara a sus hijos de dura cerviz siempre provisto de un chaparro o un mandador. Su prole era numerosa, quizá la mayor del barrio. Hela aquí: Evaristo Antonio, Simón Rafael, Francisco José, Aura Josefina, María Manuela, Eduardo Rafael, José Alberto, Salomón, Victorio Simón, José Gregorio, Bartolo, Alicia Margarita, Olivia del Carmen, Carmen Ramona, Luis Ernesto y María Elena, quien falleció al nacer producto de una enfermedad, además de dos hermanos por parte de padre que se llamaban Ramón y Prudencia, quienes no vivieron en el barrio, pero nos visitaban a menudo. Mi padre tuvo un borrico que quiso mucho y le sirvió por años de transportarte personal y para todas las cosas que era necesario llevar al campo. La gente lo veía pasar todos los días religiosamente montado en el asno como un reloj: “Ya deben ser como las seis porque por ahí ya pasó don Simón”, decía cualquier vecino y aun muchos tenemos esa imagen de don Simón montado en el cuadrúpedo cruzando las calles del barrio. Y es propicio señalar que con el producto de la cosecha de su conuco, específicamente el frijol, mi madre María Josefa preparaba el “palo a pique” más sabroso que yo haya comido jamás, arroz con frijol, que era el plato llanero favorito de mi época de niño y adolescencia. Y el de muchos. Yo a veces solía decir “que me había criado en el llano comiendo arroz y frijol”.

Aunque a veces escaseaban algunos ingredientes y cuando uno pedía la comida mamá decía con un dejo de tristeza: “Bueno, hijo; ahí están unas paraparas que cociné”, para significar que los frijoles no tenían manteca ni arroz. Eran las “paraparas” con sal solamente, pero no fue siempre así, gracias a Dios y a la Virgen. Y era que a veces no teníamos “ni la locha para el café”. Debo anotar que mamá era adicta a las novelas radiales que trasmitían por radio Rumbos y las escuchó durante años en un viejo radio de marca Telefunken que le compró mi papá en el pueblo. Cada mañana y de modo infaltable mi mamá estaba ahí, junto a su radio, escuchando y deleitándose con “Los tres Villalobos”, novela radial que protagonizaba la actriz Rosita Vásquez y el primer actor Arquímedes Rivero, junto a Luis López Puente, personajes de grata recordación y cuyas actuaciones y  voces eran famosas y se nos hicieron familiares. También escuchaba los sábados “La historia de una canción” y así era la presentación: “Y ya con ustedes, otro capítulo de. . .” No solo mi madre se arrimaba al radio sino también varios de sus hijos, eso sí, que no fueran las horas de ir para el conuco y si mal no recuerdo fuimos la primera casa que adquirió un aparato de televisión tiempos después y ahí aumentó con creces el entretenimiento, pero costó mucho acomodarle la imagen y se pudo lograr improvisando antenas caseras de madera. Y como era el único televisor por la comarca ahí nos reuníamos en torno a él todos nosotros y nuestros vecinos y hacíamos un grupo que llenaba toda la rústica sala. Todas las noches estábamos allí sentados en el suelo la mayoría viendo la programación nocturna. Y es que a pesar de nuestras graves carencias económicas mi padre hizo un gigantesco esfuerzo dinerario y pudo complacer a mi madre con ese televisor.

Y no puedo dejar de comentar lo que mi madre me dijo una vez estando en la vieja cocina que era el lugar del rancho que ella más frecuentaba, que un día se le apareció de repente, en la rústica y muy humilde cocina, un personaje político que llegó muy sonreído y abrazándola y mi mamá se quedó paralizada sin hallar que hacer ni que decir. El hombre, que portaba una camisa de cuadros, le dijo al momento que le echaba los brazos: “¡Vamos a ganar, señora!, ¡no se preocupe!” y salió rápido del recinto en medio de la algarabía de sus seguidores. Se trataba de Carlos Andrés Pérez, que luchaba por hacerse presidente de Venezuela en su primera campaña. Mi mamá de vez cuando me recordaba ese episodio y dejaba constancia de “la mucha pena” que aquello le causó, dado el estado de pobreza en que vivía mi vieja. Esa visita imprevista sucedió muy distante del Guamachal de antaño que conté al principio, pero quedaban aun rasgos de aquel. Y debo anotar que mi madre nunca se arredró ante la carencia económica, la cual suplía magníficamente con entereza, dignidad y mucho trabajo. Mi madre era experta fabricando chinchorros que se los encargaba uno de los Campagña, que tenía dinero y un negocio por la Atarraya, se los pagaba “chin chin” y ponía el material. Mi mamá solo los tejía y cobraba dos bolívares y hasta cinco, dependiendo del tamaño. Todavía sigo viendo en la sala a mi madre sentada y “fajada tejiendo sin parar”, labor en la que era campeona y muy rápida. Alguna vez fui con ella a llevar esos chichorros tejidos y de regreso traíamos bastimento, y para mí un caramelo o un bizcocho. También fabricaba el “pan de horno” que se hacía de maíz cariaco y era el más sabroso del barrio con sus “roscas” y empanadas rellenas del rico dulce de batata. Todo eso se vendía solo sin necesidad de voceadores. Las “conservas” de coco fueron su especialidad casera igualmente y compradores no podían faltarle nunca dados la calidad y lo sabroso del producto casero. Todo eso contribuía con la economía familiar.







Capitulo décimo séptimo
“Todos para uno y uno para todos”



No olvido que en esa época existían “Las cayapas” como forma de trabajo colectivo y que consistía en que cuando una persona requería hacer cualquier trabajo en su casa y no podía solo, invitaba a los vecinos de la comarca y todos colaboraban sin cobrar un centavo y si alguien requería “el mismo servicio” igual lo recibía. Esa fue una práctica que se extendió en el tiempo y que movilizaba a todos los hombres, mujeres y niños que se preparaban para esos actos creadores sin egoísmo alguno y al contrario iban provistos de las herramientas de la bondad, la caridad, el desprendimiento y ganados por el servicio al otro. El egoísmo y otras mezquindades sociales vigentes ahora fueron vencidos en ese tiempo. En esa época el material que se iba a usar se colocaba enfrente de las viviendas, afuera, por ejemplo bloques, arena, granzón, cabillas, madera, carretillas, zinc, etc., y eso nadie se lo llevaba o hurtaba. Y era como el eslogan de aquella novela clásica “Los tres mosqueteros” que contenía la máxima “Todos para uno y uno para todos”, de Alejandro Dumas, por eso los “Aramis, Athos y Porthos”, no se hacían esperar ni rogar. Y el alimento del día no era más que “queso con papelón” y mucha agua, claro está. Y esa sabrosura, la del queso con el papelón, viene a mi cabeza nadas más al evocarla.

Por otra parte, mi padre, antes de irse a dormir por las noches visualizaba la calle y cierta vez estaba yo con él enfrente de la casa, afuera, a eso de las ocho de la noche y cuando vio en la esquina unas vacas que se aproximaban y caminaban en dirección hacia donde estábamos, algo las espantó y emprendieron la carrera y nosotros en medio del camino penumbroso que no era muy amplio y por allí corrían. No tuvimos más que escondernos en una pila de arena que teníamos cerca y por allí se zumbaron los animales espantados, volaron por encima del promontorio y por poco no nos atropellan, pero con el salto nos evadieron pasando por encima. Yo estaba muy asustado. Mi papá dijo nervioso. “Carajo, chico, las tetas de esas vacas me rozaron la cara”. Nos echamos a reír y fuimos a dormir. “Vamos, hijo”, soltó tomándome de la mano, “no vaya a ser que se aparezcan otros bichos por ahí”.

Mi padre batalló, como hemos dicho, por muchos años hasta que no pudo más y se enfermó el hombre, a pesar de que tenía una salud de hierro. Pero al viejo roble de Guamachal se le fueron secando sus hojas, sus ramas se volvieron quebradizas y su tronco comenzó a ceder, y cayó. Se había graduado en la universidad de la vida y aprobado suficientemente todas las materias del currículo, en las que sobresalían la honradez, la vocación de servicio, el desprendimiento, la fidelidad al trabajo creador, la bondad y el respeto También salió muy bien en la materia de la responsabilidad y coronó con una mención de honor titulada “Padre ejemplar”. Mi madre también estudió en esa importante institución popular y aprobó también su curso con solvencia y excelentes calificaciones. Y sobresalió muy especialmente en la materia “eficiencia doméstica, mujer de honor y buena madre”.

 Hoy hace más de tres décadas que partió mi viejo vencido por los años, sin embargo antes de retirarse de su querido conuco “repartió todas las tierras” que obtuvo como pisatario una pila de años atrás, a quienes las quisieran, no para reeditar conucos, sino para que construyeran sus casas. Las cosas habían cambiado y la gente se había multiplicado y buscaban donde establecerse con afán, al igual como nosotros mismos lo habíamos hecho muchos años atrás. Alguna gente le dio un poco de dinero, a su libre albedrío, por lo que consideraban más bien un acto bondadoso de mi papá y la “plata” venía dada también por ciertas bienhechurías que allí quedaban. El viejo roble, justo es reconocer, seguía dando sombras a otros y “sembrando la esperanza”, no solo en sus hijos y en su familia sino con el prójimo. Y en esos lares nació o se fundó producto de esas cesiones el barrio “El verguero”, o parte del mismo, que como dije antes es ahora “El 12 de octubre”, populoso y desarrollado como lo vemos hoy. A nosotros nos quedó la nostalgia y los recuerdos bonitos de esa época inolvidable, con carencias, pero vividas a plenitud, esa plenitud que puede vivir un niño o un joven campesino en una edad sin ambiciones manifiestas o extraordinarias, pero sí con muchos sueños y esperanzas. Y debo advertir, ya casi al final de este ensayo histórico de mi querido barrio Guamachal, que a no pocos de los habitantes, sobre todo a los iniciadores, bien podría llamárseles “sobrevivientes” dada la situación difícil que se tuvo que enfrentar en el aspecto económico fundamentalmente y sin desestimar lo social. Pero se sobrevivió. ¡Gracias a Dios Todopoderoso y a la Virgen Santísima! Y al tesón y a la constancia de cada quien.

Todo lo relatado es la pura verdad o al menos mi verdad, sin embargo es oportuno advertir a algún hijo de Guamachal de aquellos tiempos de antaño que pueda tropezarse con estas humildes letras, que lo que aquí he contado y escrito fue una lucha sin cuartel entre mi memoria y el tiempo, ese tiempo que como sostienen algunos “acaba con todo”, por eso “lo del combate que aludo”. A veces pude ganarle al tiempo que no pudo borrar los recuerdos anotados y que anduvieron conmigo, como digo en los inicios del relato, un tiempo bastante considerable sin que el paso inexorable de los años pudiera quitármelos o borrármelos o marchitármelos del todo. Fue un combate donde exigí a mi memoria que se impusiera, que no se dejara arrebatar todo o casi nada. Creo que mi memoria y yo realizamos una buena pelea por prevalecer. . . . Tal vez porque éramos dos contra uno. Y aquí tienen el resultado. Juzguen ustedes. Ah, pero falta algo.

Como es de suponer, algunos nombres de quienes aparecen en este breve relato han fallecido, y espero que Dios, el Todopoderoso, el Creador, los haya perdonado y los haya recibido en Su Santo Seno.

Y finalmente, ahora sí, les dejo otros poemas de mi humilde inspiración, uno dedicado a mi padre don Simón Correa Infante, y el otro donde plasmo recuerdos de mi niñez y adolescencia.

Un recuerdo sagrado


Hay un recuerdo sagrado
y un recuerdo bonito
 y desde que era muy chico
lo recuerdo con agrado,
y así pasen muchos años
se mantiene imborrable
el cariño por mi padre
que me hablaba sin engaños.

Era un caporal del llano
que guiaba en noches de luna
llevando como fortuna
al Padre Dios Soberano,
fue guía de mis hermanos
trabajador incansable
gentil con nuestra madre
respetuoso y humano.

Como ferviente cristiano
hablaba de la moral
supo siempre rechazar
lo malo y lo indeseado,
y en los meses de mayo
un sentimiento arraigado
sembrando en el invierno
lo mismo que en el verano.

Cultivador sin desgano
sencillo y servidor
en la mano el mandador
que usaba de vez en cuando,
y no faltaba un abrazo
y un cariño sin fin
tocaba a veces violín
tocaba también el cuatro.

Con el sabor del mastranto
con sabiduría y con gracia
bailaba al ritmo del arpa
y al son de los capachos,
y esos recuerdos gratos
jamás los echo en olvido
porque siendo apenas niño
en mi mente yo los guardo.

Hoy su recuerdo es sagrado
imborrable e infinito
él está junto a mi Cristo
imposible olvidarlo.


Mi niñez


Recuerdo con alegría
mi niñez allá en el barrio
con aguaceros de mayo
y veranos de sequía,
y era tanta mi alegría
que todavía recuerdo
como alumbraba el lucero
caminos y travesías.

Y mi padre era el guía
en ese llano inmenso
y recuerdo todo eso
con ansias de lejanía,
pasaba noches y días
alimentando ilusiones
dibujando corazones
con lápiz de fantasía.

Y mi niñez crecía y crecía
tornándome adolescente
y con la idea en la mente
de ser feliz algún día.           


El fin